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segunda-feira, 24 de setembro de 2012
EL ARTE DE LA TRADUCCIÓN
Encontrados en la traducción
En este texto, el autor de la novela “Las horas” sostiene que la traducción es una serie larga, compleja y profunda de transformaciones que comprenden tanto al escritor como al lector.
POR MICHAEL CUNNINGHAM
Como autor de Las horas , Die Stunden y De Uren –que pasan por ser las traducciones al castellano, alemán y holandés de mi libro The Hours , pero que en realidad son trabajos únicos por derecho propio–, he llegado a entender que toda la literatura es producto de la traducción. La traducción no es sólo una tarea que se le asigna a un traductor que domina una lengua extranjera, sino una serie larga, compleja y hasta profunda de transformaciones que comprenden tanto al escritor como al lector. La “traducción” como acto humano es –como tantos actos humanos– una propuesta mucho más complicada de lo que puede parecer en un primer momento.
Tomemos como ejemplo una de las frases más famosas de la literatura, “Call me Ishmael” (Llámenme Ismael). Se trata, como sospecho que ya saben, de la primera frase de Moby Dick , de Herman Melville. Seguimos reconociendo esa frase después de más de ciento cincuenta años.
Sí. “Call me Ishmael”. Tres palabras simples. ¿Qué tienen de importante? Poseen la más fundamental y esquiva de las categorías literarias: autoridad. Como escritores, desde la primera frase debemos hablarles a nuestros lectores con autoridad. Es como bailar un vals por primera vez con una nueva pareja. Todo el que sepa bailar vals o foxtrot o tango o cualquier tipo de danza que exija contacto físico con una pareja receptiva sabe que hay un primer momento en la pista de baile en que se evalúa, de forma automática, si esa nueva persona puede bailar y, si puede hacerlo, qué tan bien. Sabemos de forma casi instantánea si tenemos entre los brazos a una persona inexperta, y también que en ese caso tendremos que trabajar bastante para que las cosas salgan bien.
La autoridad es una característica misteriosa, y es casi imposible descomponerla en los elementos que la integran. La primera tarea del traductor, por lo tanto, es volver a presentar cierta contundencia que no puede describirse ni explicarse del todo.
Si bien las palabras “Call me Ishmael” tienen fuerza y seguridad, no basta sólo con la fuerza y la seguridad.
“Idiotas, lean esto” también tiene fuerza y seguridad, pero es menos probable que produzca el efecto deseado. ¿Qué más tienen las palabras de Melville que le falta a la frase “Idiotas, lean esto”? Tienen música. Es ahí donde el trabajo de traducción se hace más difícil.
En la ficción, el lenguaje está compuesto de sentido y música por partes iguales. Las frases deben tener ritmo y cadencia, deben apelar al oído interno y deleitarlo. Lo ideal es que una frase leída en voz alta en una lengua extranjera siga teniendo resonancia por más que el oyente no tenga idea de lo que se le está diciendo.
Tratemos de olvidar que las palabras “Call me Ishmael” significan algo y pensemos en cómo suenan. Escuchemos los sonidos de las vocales: ah, ee, i suave, aa. Son cuatro, todas diferentes, y cada una es una nota suave y tranquilizadora. Escuchemos también la forma en que la frase está envuelta en consonantes. Abrimos con la c fuerte, llegamos a la l al final de “call” y luego, en un encantador acto de simetría, llegamos a la l final de “Ishmael”. “Call me Arthur” o “Call me Bob” son adecuadas, pero no satisfactorias por razones musicales.
La mayor parte de los lectores, por supuesto, no sabría decir que responde a esas tres palabras porque son tranquilizadoras y simétricas, pero la mayoría de los lectores registra el hecho de forma inconsciente. Tal vez podría decirse que el significado es la fuerza que empleamos y que la música es la seducción. La tarea del traductor es reproducir tanto la fuerza como la música.
“Chiamami Ismaele.” Esta es la versión italiana de la frase de Melville, y el traductor ha hecho un buen trabajo. En mi condición de lector que no habla italiano, puedo decirles que esas dos palabras sin duda tienen un sonido atractivo, independiente de su significado. Si bien difiere del inglés, tenemos una progresión nueva e igualmente encantadora de sonidos vocálicos –ee-a, ah, ee, a, ee– y tres emes bien distribuidas. Si alguien está traduciendo Moby Dick , esa es una sola frase, y le quedan aproximadamente un millón más.
Aliento a los traductores de mis libros a tomarse todas las libertades que crean necesarias. No se trata de un gesto heroico, ya que de mi trabajo de años con traductores he aprendido que, en cierto sentido, la novela original es también una traducción. No está traducida a otra lengua, por supuesto, pero es una traducción de las imágenes que el autor tiene en la cabeza a lo que logra poner en papel.
Les voy a contar un secreto. Si se los presiona y son honestos, muchos novelistas admitirán que el libro terminado es una traducción bastante burda del libro que querían escribir. Es una de las cosas más descorazonadoras de escribir ficción. Durante meses o años se tiene en la cabeza la idea de una novela trascendente, de una comicidad brillante y en extremo trágica, que contiene todo lo que uno sabe y todo lo que puede imaginar sobre la vida humana en el planeta Tierra. Es vasta, misteriosa e inspira admiración. Es una catedral de fuego.
Sin embargo, incluso si el libro en cuestión sale bien, no es nunca el libro que uno había querido escribir. Es menor que el libro que se quería escribir. Es un objeto, una colección de frases, y dista mucho de parecer una catedral de fuego. Para decirlo en pocas palabras, parece una traducción mediocre de un gran trabajo mítico.
El traductor, entonces, no hace más que llevar el libro un paso más allá en el continuum de traducción. El traductor traduce una traducción.
Un traductor también traduce un trabajo en progreso, algo que tiene un principio, una parte media y un fin, pero que no está del todo terminado por más que esté en proceso de publicación. Si es buena, una novela, toda novela, no es sólo una traducción levemente decepcionante de las grandes intenciones del novelista, sino también el borrador más trabajado que éste pudo producir antes de desplomarse agotado. Lo más que puedo hacer es no ir de librería en librería con una lapicera sacando mis libros de las estanterías para tachar ciertas líneas de las que me he arrepentido e incorporar otras mejores. Para muchos de nosotros, no existe lo que podría llamarse un “texto definitivo”.
Eso nos lleva al tema de la relación entre los escritores y sus lectores, donde tiene lugar otro acto de traducción.
Doy clases de escritura, y una de las primeras preguntas que les hago a mis alumnos es para quién escriben. Nueve de cada diez veces, la respuesta es que escriben para ellos mismos. Les digo que entiendo, que todas las noches me voy a casa, preparo una torta elaborada y me la como toda solo. Con eso quiero decir que las tortas y los libros tienen por objeto su presentación a otros. Por otra parte, los libros (a diferencia de las tortas) son interacciones profundas y elaboradas entre escritores y lectores, si bien separadas en espacio y tiempo.
Les recuerdo también que nadie quiere leer sus relatos. Hay muchos otros relatos, y en el siglo XXI, hay tal acumulación de literatura que pocos de nosotros viviremos lo suficiente para leer todos los relatos, para no hablar del hecho de que, como lectores, estamos ocupados.
Tenemos vidas atareadas y difíciles. Tenemos trabajos que hacer, cónyuges e hijos que atender, trámites que realizar, amigos que ver; tenemos que mantenernos al día con lo que pasa; buscamos pruebas de que nuestra pareja nos engaña; nos preguntamos por qué habremos aceptado cuarenta visitantes el sábado por la noche; nos preocupan el dinero y el calentamiento global; vemos nuestros programas de televisión favoritos.
Lo que el escritor dice, básicamente, es: hagan lugar en todo eso para esto. Suspendan lo que están haciendo y lean esto. Es mejor que parezca, desde la primera frase, que estamos ofreciendo a los lectores algo que vale la pena.
Debo admitir que cuando era tan joven como lo son ahora mis alumnos, también pensaba que escribía para mí, para algún vago lector ideal o, en mis momentos más pomposos, para las generaciones futuras. Mi trabajo sufría las consecuencias de ello.
No fue sino hasta hace unos años, cuando trabajaba en un bar de Laguna Beach, California, que descubrí un método mejor. Una de las camareras era una mujer llamada Helen, que en aquel momento tenía cuarenta y tantos años, por lo que yo consideraba que era apenas menor que el Viejo Marino. Helen era una mujer encantadora y generosa que tenía cuatro hijos y a la que el marido había abandonado de forma abrupta, sin aviso alguno. Tenía que trabajar. Y trabajar y trabajar. Trabajaba en una panadería por la mañana, pasaba manuscritos a máquina para escritores por la tarde y atendía a los comensales en el restaurante por la noche.
Helen era una ávida lectora, y su mayor alegría, al final de sus largas y duras jornadas, era meterse en la cama y leer durante una hora antes de las escasas horas de sueño que le estaban permitidas. Leía mucho y con voracidad. Cuando nos conocimos, estaba leyendo una novela de misterio barata y yo, como sólo los jóvenes y pretenciosos podrían hacerlo, le sugerí que, dado que le gustaban las historias de detectives, probara con Crimen y castigo de Dostoievski. La leyó en menos de una semana. Cuando la terminó, me dijo: “Maravillosa”. “Pensé que le gustaría”, contesté. Agregó: “Dostoievski es mucho mejor que Ken Follett.” “Sí.” Hizo una pausa. “Pero no es tan bueno como Scott Turow.” Si bien no necesariamente estaba de acuerdo con ella respecto de Dostoievski versus Turow, me gustaba, y mucho, que Helen no tuviera un sentido académico de lo que se suponía que debía gustarle más, o menos. Sólo necesitaba lo que cualquier buen lector necesita: absorción, emoción, dinamismo y la sensación de verse transportada del mundo en el que vivía y trasladada a otro.
Empecé a pensar en mí en el acto de escribir un libro que le interesara a Helen. Tengo que decirles que eso cambió mi escritura. De pronto había visto que escribir no es sólo un ejercicio de autoexpresión, sino que es también, y eso es más importante, un regalo que como escritores intentamos hacer a los lectores. Escribir un libro para Helen, o para alguien como Helen, es un objetivo alcanzable. También me ayudó a darme cuenta de que el lector representa el paso final en la vida de traducción de un libro.
Uno de los aspectos más notables de escribir y publicar es que no hay dos lectores que lean el mismo libro. Todos pensaremos diferente sobre una película, una obra, una pintura o un tema, pero sin duda habremos visto o escuchado la misma película, obra, pintura o tema. Son entidades físicas.
Una pintura de Velázquez sólo consiste en sí misma, al igual que “Blue”, de Joni Mitchell. Si se visita la galería adecuada del Museo del Prado, o si alguien pone un disco de Joni Mitchell, se verá la pintura o se escuchará la música. No hay otra opción.
La ESCRITURA, sin embargo, no existe sin un lector activo y dispuesto. Escribir exige un grado de participación diferente. Las palabras sobre papel son abstracciones, y todo el que lee palabras sobre papel les incorpora una serie distinta de asociaciones e imágenes. Tengo vívidas imágenes mentales de Don Quijote , Ana Karenina y Huckleberry Finn , pero estoy seguro de que no son idénticas a las imágenes que se han formado los demás.
Era evidente que Helen no leía la misma Crimen y castigo que yo. No buscaba un trabajo existencial genial. Buscaba un buen misterio, y leyó a Dostoievski con eso en mente. No la culpo. Me gusta imaginar que tampoco lo habría hecho Dostoievski.
Lo que el lector hace, entonces, es traducir las palabras de las páginas a su propio léxico imaginario privado de acuerdo con sus intereses, necesidades y niveles de comprensión.
Ese es el proceso completo de traducción. En un punto tenemos a un escritor que, en una habitación, se esfuerza por acercarse a la visión imposible que ronda su cabeza. Termina su tarea, pero con dudas. Un tiempo después, tenemos a un traductor que se esfuerza por acercarse a la visión, para no hablar de los detalles del lenguaje y la voz, del texto que tiene ante sí. Lo hace lo mejor que puede, pero nunca queda satisfecho. Por último, tenemos luego al lector. El lector es el menos torturado de ese trío, pero también puede sentir que se está perdiendo algo del libro, que por una cuestión de simple ineptitud no logra ser un receptor adecuado de la visión central del libro.
No es mi intención sugerir que escritor, traductor y lector participan en un ejercicio colectivo de desilusión. Eso sería deprimente. Y falso.
De todos modos, como especie, buscamos siempre catedrales de fuego, y parte de la emoción de leer un gran libro es la promesa de que habrá otro, un libro que pueda conmovernos y elevarnos aún más. Uno de los consuelos de escribir libros es la convicción aparentemente inagotable de que el siguiente libro será mejor, más grande y audaz, más abarcador y fiel a la vida que hacemos. Existimos en un estado de esperanza, amamos la belleza y la verdad que llega a nosotros, y hacemos todo lo posible por evitar dudas y desilusiones.
Nos encontramos en una búsqueda, y no nos desalienta la sospecha colectiva de que la perfección que buscamos en el arte tiene tantas posibilidades de aparecer como el Santo Grial. Esa es una de las razones por las que los seres humanos no sólo somos los creadores, traductores y consumidores de literatura, sino también su tema.
(c) the new york times y clarin (2011) traduccion: joaquin ibarburu
MIGUEL DE UNAMUNO
“Llave del ser fue en un principio el Verbo;
por él se hizo todo cuanto muda”.
(Miguel de Unamuno: “La palabra”)
DIÁLOGO DE BORGES Y SABATO
Borges y Sabato dialogan sobre la traducción literaria
FUENTE: http://transpanish.biz/blog_traduccion/borges-y-sabato-dialogan-sobre-la-traduccion-literaria/
En el libro “Diálogos: Borges/Sabato”, los dos escritores argentinos discuten diferentes aspectos de la traducción literaria. Abajo transcribimos algunos trechos.
Sábato: Recuerdo que también hablábamos mucho de Stevenson, de sus silencios. Lo que calla, a veces más significativo que lo que expresa.
Borges: Claro, los silencios de Stevenson… y también Chesterton, Henry James… no, creo que de James se hablaba menos.
Sábato: Al que le interesaba mucho era a Pepe Bianco.
Borges: Sí, él había traducido The Turn of the Screw. Mejoró el título, es cierto. Otra vuelta de tuerca es superior a La vuelta de tuerca, ¿no?
Sábato: Representa con más claridad la idea de la obra. Al revés que con ese libro de Saint-Exupéry llamado Terre des Hommes que aparece traducido como Tierra de hombres. Como quien dice “Tierra de machos”. Si hasta parece un título para Quiroga o Jack London. Cuando lo que en realidad quiere significar (además lo dice literalmente) es Tierra de los Hombres, la tierra de estos pobres diablos que viven en este planeta. No solo ese traductor no sabe francés sino que no entendió nada de Saint-Exupéry ni de su obra entera. Pero a propósito, Borges, recuerdo algo que me llamó la atención hace un tiempo en su traducción del Orlando, de Virginia Woolf…
Borges: (Melancólico) Bueno, la hizo mi madre… yo la ayudé.
Sábato: Pero está su nombre. Además, lo que quiero decirle es que encontré dos frases que me hicieron gracia porque eran borgeanas, o así me parecieron. Una cuando dice, más o menos, que el padre de Orlando había cercenado la cabeza de los hombres de “un vasto infiel”. Y la otra, cuando aquel escritor que volvió hacia Orlando y “le infirió un borrador”. Me sonaba tanto a Borges que busqué el original y vi que decía, si no recuerdo mal, algo así como presented her a rough draft.
Borges: (Riéndose) Bueno, sí, caramba…
Sábato: No tiene nada de malo. Solo muestra que casi es preferible que un autor sea traducido por un escritor medio borroso e impersonal ¿no? Recuerdo que hace mucho tiempo vi una representación de Macbeth. La traducción era tan mala como los actores y la pintarrajeada escenografía. Pero salí a la calle deshecho de pasión trágica. Shakespeare había logrado vencer a su traductor.
Borges: Es que hay ciertas traducciones espantosas… Hay un film inglés cuyo título original The Imperfect Lady lo tradujeron aquí como La cortesana o La ramera. Perdió toda la gracia. Precisamente alterar de esa forma el título, que es donde más ha trabajado el autor. Cuando eligió uno es porque lo ha pensado mucho. Nadie, ni el traductor, debe creerse con derecho a cambiarlo.
Sábato: ¿Y acaso el título no es la metáfora esencial del libro? Del título podría decirse lo que se ha afirmado de los sistemas filosóficos, que casi siempre son desarrollo de una metáfora central: El Río de Heráclito, La Esfera de Parménides…
Borges: Claro, suponiendo que los títulos no sean casuales. Bueno, y que los libros tampoco, ¿no?
Otro momento de la charla:
Sábato: A propósito, ¿conoce la traducción alemana del Neveu de Rameau? Borges niega con la cabeza.
Sábato: Usted sabe que lo tradujo Goethe, ¿no?
Borges: Sí, sí, claro.
Sábato: Pero, ¿sabía que la versión francesa es traducción de esa traducción alemana?
Borges: (Con profunda sorpresa) ¿Cómo? No, no lo sabía realmente...
Sábato: Sí, creo que la versión original se perdió y no sé si luego se recuperó. Pero durante mucho tiempo, al menos, la versión francesa que circuló fue la retraducida desde el alemán. Dicho sea de paso, esa obra de Diderot es otro ejemplo de lo que decíamos antes, sobre la pluralidad de las interpretaciones. Lo admiraron a la vez Goethe y Marx, aunque no por los mismos motivos.
Borges: El siglo XVIII francés tuvo la mejor prosa de la historia de la literatura de Francia. Voltaire es admirable.
Sábato: Tenían una gran precisión.
Borges: Y también una gran pasión. Es un siglo estupendo. Yo ahora estoy leyendo bastante literatura francesa de esa época: los cuentos de Voltaire por ejemplo. Leí con entusiasmo Carlos XII, un libro épico.
Sábato: Es curioso lo que pasa con esos enciclopedistas. De nuevo la duplicidad del escritor, entre lo que se proponen y lo que les sale. Diderot, nada menos. Sus obras de ficción son terribles. Es decir, que los demonios, esos demonios que la ilustración proscribe o ridiculiza aparecen en las novelas como una especie de venganza inconsciente de las furias. Cuando más racional se volvía el pensamiento, más se cobraban venganza.
Ver más fragmentos del diálogo
A propósito de este diálogo, el 23 de enero de 2011, el diario La Nación publicó:
Entre los misterios que circulan en torno a la traducción de La metamorfosis , de Franz Kafka, uno de los más citados es la confusión que existe acerca del nombre del traductor oficial de la obra al castellano, que frecuentemente se adjudica y desvincula, al mismo tiempo, a Jorge Luis Borges. El misterio renació cuando Mario Vargas Llosa compró recientemente en Montevideo un ejemplar, traducido por Borges.
Y aunque María Kodama no tiene la clave para resolver la encrucijada, comparte algunos datos. “La versión que yo tengo, que es la que Borges me dio -aunque no tiene que ser la real-, es que él no estaba de acuerdo con el título que le pusieron en español. Él quería que lo titularan La transformación y no La metamorfosis, y eso lo enojó. Por eso dijo: «Yo no he hecho la traducción de ese libro», porque, lógicamente, al no recibir el título que él quería, él no se sentía como el que había hecho ese trabajo”, cuenta su viuda.
Menos dudas dejó sobre otra intriga, que es la postergación de la reimpresión de los célebres diálogos entre Borges y Ernesto Sabato, que, de acuerdo con una versión, no se concretaba por una supuesta negativa de Kodama. “Yo nunca me opuse a la reimpresión de esos diálogos. El que lo quiera hacer le tiene que pedir permiso a Sabato, y también a mí, pero yo no opondría ninguna resistencia. Además, tengo un recuerdo muy bueno de Sabato, porque él siempre fue muy considerado con Borges, en especial en la etapa final de su vida. Recuerdo que por esa época me encontró en una confitería que está ubicada detrás del hotel Plaza, en Buenos Aires, y me preguntó, con una enorme ternura, por su salud. Y esos detalles no se olvidan fácilmente”, concluye.
FUNDÉU RECOMIENDA...
Recomendación del día
en vísperas, no en víspera
La expresión en vísperas, que indica que algo sucede ‘en tiempo inmediatamente anterior’, se construye siempre en plural, tal como se recoge en el Diccionario académico.
Es bastante habitual, sin embargo, encontrar noticias en los medios donde esta expresión aparece escrita de forma inapropiada: «Lufthansa anula 50 vuelos este jueves, en víspera de una huelga de 24 horas», «Al menos 10 jóvenes detenidos en víspera de los comicios de Angola» o «El CSD insta a poner fin a la “guerra del fútbol” en víspera de la asamblea de la LFP».
En todos estos ejemplos lo apropiado hubiera sido escribir en vísperas, no en víspera, al menos si lo que sus autores querían expresar era que los hechos anunciados se produjeron justo antes de la huelga de 24 horas, de los comicios de Angola y de la asamblea de la LFP.
Si, por el contrario, lo que se quería decir es que los hechos se produjeron el día anterior, esto es, la víspera, se tendría que haber añadido el determinante la entre en y víspera: «[...] este jueves, en la víspera de una huelga de 24 horas», «[...] detenidos en la víspera de los comicios de Angola» y «[...] poner fin a la “guerra del fútbol” en la víspera de la asamblea de la LFP».
sexta-feira, 21 de setembro de 2012
Limpia, fija y da esplendor en internet
La Fundéu publica un manual para escribir en los nuevos medios y las redes sociales en un acto apadrinado por la Real Academia. El diccionario incluirá «tuit», «tuitear», «tuiteo» y «tuitero»
Limpia, fija y da esplendor en internet
20 Septiembre 12 - - Laura Seoane - Madrid
Hace 20 años, con la aparición de los mensaje de texto en los móviles, los estudiosos de la lengua y algunos padres preocupados por la formación de sus hijos se echaban las manos a la cabeza cada vez que veían la nueva y, en ocasiones, ininteligible forma en la que los jóvenes se expresaban: «Qdmos xa cenar?» «Dd nos vemos?» o «Yo tb t echo de -», por poner algunos ejemplos de esta escritura sintética. Todavía es pronto para saber si los peores augurios, esos que pronosticaban la muerte de la ortografía a causa de las nuevas tecnologías, se cumplirán. Sin embargo, dicha amenaza, de existir, está lejos de desaparecer. De la expansión del uso de internet y las redes sociales viene de la mano un código y unas conductas improvisadas que, en muchos casos, constituyen la mayoría de nuestra forma de escribir diaria. Incluso esa que «limpia, fija y da esplendor», es decir, la Real Academia, ha apadrinado la presentación del manual «Escribir en internet» (Galaxia Gutenberg), elaborado por Fundéu BBVA, que pretende aportar líneas maestras para escribir con corrección en internet.
Renovarse o no entender
«Es común encontrar fórmulas como “xq” en lugar de “porque” o prescindir del signo de apertura de las exclamaciones e interrogaciones. Sin embargo, esta economía del lenguaje en internet no se debe entender como ignorancia, sino como la adaptación de la escritura a estas nuevas realidades», explica Markus Steen, uno de los autores del libro. Recomendaciones, que no normas sobre un código en el que cada vez es más difícil estar al día. Un mes de vacaciones en el que permanecemos desconectados es suficiente para perder el tren. Un día, un amigo le guiña un ojo con el símbolo ;-) y usted cree que tiene el teléfono estropeado. Al siguiente, en su «TL» (timeline, es decir, el listado de tuits, la página principal) de Twitter alguien añade un LOL al final de su mensaje que significa «laughing out loud» («riendo a carcajadas», en español) y piensa que ha cambiado su firma y, de paso, su nombre. O, dado el caso, tiene que pedir por enésima vez que le expliquen la diferencia entre un post y un blog. No se sienta incomprendido. Este nuevo código va muy rápido.
El miedo que nos paraliza a veces ante expresar nuestra opinión en público a las redes sociales es prácticamente proporcional al escarnio del que somos capaces si un famoso comete una falta de ortografía. Al margen de la satisfacción de ver ridiculizados a aquellos que reciben generalmente tanta admiración, también «es una muestra importante de una sensibilidad social hacia el buen uso del idioma», según esta publicación.
Cuidado con los emoticonos
El uso de los emoticonos merece un capítulo aparte. De la misma forma que el movimiento de cabeza de un lado a otro no significa lo mismo en Oriente que en Occidente, los emoticonos que proliferan en las redes sociales, mensajes de texto y «whatsapp» tampoco. Si estás contento en España pondrás :-) mientras que si lo estás en China, deberás utilizar (^_^).
Importante también para aquellos que escriben en internet son los estudios sobre cómo nos enfrentamos a los textos digitales. En general, el tamaño debe ser menor que en el papel. De hecho, esto habla de un 50 por ciento de lo que se escribiría para un formato tradicional. La forma de leer también varía y respondería a la forma de la letra F. Es decir, la primera línea, después bajamos por las palabras pegadas al margen izquierdo, y otra vez hacia abajo.
Así que, lo importante, pegado a la izquierda. Además de servir de apadrinar y albergar la presentación de este volumen, la Real Academia ha querido sumarse a la innovación del lenguaje al que, irremediablemente, nos empujan las nuevas tecnologías. Por ello, la XXIII edición del Diccionario de la Real Academia Española, que se presentará en 2014 incluirá las palabras «tuitear», «tuiteo», «tuit» y «tuitero», así como «libro electrónico» y «blog», según anunció durante la presentación el director de la RAE, José Manuel Blecua. De esta forma se oficializa las versiones castellanizadas del léxico principal que se utiliza en la red social Twitter, una de las que más ha influido en los cambios lingüísticos que hemos tratado, principalmente, debido a la acotación a 140 caracteres de todo lo que queramos escribir.
Una última recomendación es aquella que se puede aplicar a cualquier página o red social en internet. Que esté escrito y publicado en un sitio no significa que sea cierto. ¿Nos creemos todo lo que nos cuentan en persona? No. Pues en internet tampoco. La única forma fiable de obtener información en la red es la misma que en persona: la confianza.
Qué no hacer en Twitter
-No es un depósito de enlaces, sino una red social de comentarios.
-Atención con las críticas que recibamos. esto va más allá de «cuatro gatos».
-Nunca prohibir el diálogo en la red. Hay que favorecerlo.
-Aceptar las críticas de los usuarios, y comentar el porqué: nunca atacar como respuesta.
-Hace falta disciplina si quien maneja una cuenta es un medio de comunicación. Este es un canal importante.
-Seguir probando siempre con herramientas nuevas, pero atención: con gente capacitada.
LAS PEQUEÑAS TRAMPAS DE LA BUENA VIDA
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/pequenas-trampas-buena-vida_0_774522559.html
¿Cómo sería el mundo si trabajásemos menos horas? Dos miradas contrapuestas orbitan un tema en común: El lugar del ocio en sociedades que idolatran la producción.
POR RICHARD A. POSNER
TIEMPO DE OCIO. ¿Qué se hace con el tiempo libre?
Robert Skidelsky es un historiador, conocido sobre todo por su biografía definitiva en tres tomos de John Maynard Keynes. Su hijo, Edward Skidelsky, es filósofo. Ambos han colaborado en un libro donde argumentan que los habitantes de los países ricos como Gran Bretaña y Estados Unidos trabajan demasiado y al hacerlo se pierden “la buena vida”, un concepto ético de una vida que sea “digna de deseo, no que simplemente sea deseada por muchos”.
How Much Is Enough? (¿Cuánto es suficiente?) está inspirado en un ensayo de Keynes de 1930, “Posibilidades económicas para nuestros nietos”. Siendo de Keynes, es ingenioso y está escrito de una manera brillante. También es anticuado y poco convincente. Predecía que salvo en la eventualidad de otra guerra mundial o alguna tragedia comparable, en el lapso de un siglo el ingreso per cápita sería entre cuatro y ocho veces mayor debido a la inversión continua en capital. Hasta ahí, todo bien; pese a otra guerra mundial, el PBI per cápita en los Estados Unidos creció casi seis veces desde 1930 (y más o menos lo mismo en Gran Bretaña).
Keynes pensaba que el aumento de la producción per cápita traería aparejada una fuerte disminución de las horas de trabajo. En 2030, una persona debería trabajar sólo 15 horas por semana para mantener su nivel de vida. El “problema económico” se habría resuelto y el desafío sería llenar el tiempo libre de la gente con actividades ociosas gratificantes. En esta parte del ensayo, Keynes erró por mucho en su cálculo. Los habitantes de los países ricos como Estados Unidos y Gran Bretaña trabajan en promedio menos horas por semana que en 1929, antes de que la Gran Depresión redujera la cantidad de trabajo disponible; casi 40 en vez de 50. Pero Keynes consideraba que en 2010 el promedio serían 20.
Su ensayo es muy británico en la medida que la aspiración tradicional de la clase alta inglesa era directamente no trabajar. Keynes, de clase más media que alta, trabajó mucho durante toda su vida, pero era sumamente culto: miembro del grupo de Bloomsbury, amante del ballet, admirador de la “buena vida” en un sentido inglés no relacionado con el confort material.
En estos últimos años, Inglaterra se volvió más parecida a los Estados Unidos, pero recuerdo perfectamente lo pobretona que era todavía en los ‘80, lo terrible que era la plomería, lo ordinarios que eran los materiales de construcción, lo traicioneramente desparejas que eran las veredas, lo inadecuada que era la calefacción y mala la comida. Recuerdo un desayuno en Hertford College, Oxford, en una sala imponente con una enorme ventana rota y los profesores acurrucados como ovejas con sus abrigos.
Recuerdo haber sido huésped en Brasenose College –el más rico de Oxford– y ser envidiado porque me habían propuesto quedarme en el sector principal para invitados, sólo para descubrir que entrar en el sector de los invitados era como entrar en un cuadro surrealista pues el piso tenía una pendiente en una dirección y las dos camas angostas en otras dos direcciones. Recuerdo al economista inglés (ahora estadounidense) Ronald Coase diciéndome que hasta no visitar los Estados Unidos no supo lo que era sentirse abrigado.
Los Skidelsky tienen razón cuando dicen que, desde el momento que los bienes y servicios pueden producirse con mucha menos mano de obra que en 1930, podríamos vivir ahora como vivíamos entonces pese a trabajar muchas menos horas. Queremos vivir mejor que entonces. ¿Y qué haríamos con nuestro nuevo ocio? La mayoría de las personas se aburriría rápidamente sin los recursos de actividades para el tiempo libre variadas y excitantes como los viajes al exterior, el cine y la televisión, casinos, restaurantes, mirar eventos deportivos, participar en actividades atléticas exigentes, videojuegos, salir a comer, hacerse cirugías estéticas y mejorar la salud y la longevidad. Sin embargo, con todo el mundo trabajando solamente 20 horas semanales (que bajarían a 15 en 2030), pocas de esas oportunidades se materializarían porque quienes trabajaran tan poco no podrían pagarlas. Tampoco los servicios de actividades para el ocio contarían con la cantidad de personal necesario. Las consecuencias serían tanto sociales como individuales. La productividad caería porque los trabajadores adquirirían conocimientos a un ritmo menor. Los países estarían indefensos, con soldados de servicio apenas 20 horas a la semana, y tendrían pocas armas porque los empleados de las fábricas de municiones también trabajarían sólo 20 horas semanales. Pensemos, por otra parte, en el mantenimiento del orden interno en una sociedad en la que los policías, bomberos y paramédicos trabajasen sólo 20 horas por semana.
Los Skidelsky tienen una concepción exaltada del ocio. Dicen que el verdadero sentido de la palabra es “actividad sin un fin extrínseco”: “El escultor que disfruta tallando mármol, el maestro empeñado en impartir una idea difícil, el músico que lucha con una partitura, un científico que analiza los misterios del espacio y el tiempo; esas personas no tienen otro objetivo que hacer bien lo que están haciendo”. No es verdad. La mayoría de los individuos son hacedores ambiciosos que buscan un reconocimiento. Y es ridículo pensar que si trabajaran 15 o 20 horas por semana, usarían su tiempo libre para luchar con una partitura musical. Si no tuvieran productos de consumo y servicios para llenar su tiempo, se pelearían, robarían, comerían en exceso, beberían y se acostarían tarde a dormir. Los aristócratas ingleses en su época de gloria no trabajaban, pero tampoco tallaban mármol. La caza, el juego y la seducción eran sus actividades preferidas para el tiempo libre.
Los estadounidenses valoran el ocio, pero es un ocio caro, y por eso tienen que trabajar para pagarlo. De ahí que tengan menos tiempo libre que si su forma preferida de ocio fuera acostarse en una hamaca, pero en líneas generales obtienen más placer.
Los autores proponen algunas sugerencias para cambiar el equilibrio entre el trabajo y el ocio. Primero, cada uno debería recibir al nacer un salario del gobierno (sin obligación de trabajar para ganarlo) lo bastante generoso como para que le permita trabajar sólo con un horario parcial, o bien una donación de capital. El riesgo de que las personas malgasten su donación en “una vida desenfrenada puede reducirse limitando su gasto a objetos aprobados (como la educación)”. Además, las escuelas educarían para el ocio. Segundo, recomiendan establecer un impuesto progresivo al consumo. De esa manera los productos de consumo serían más caros con la esperanza de desalentar a la gente de trabajar mucho para poder pagarlos. Tercero, las empresas tendrían prohibido deducir gastos de publicidad del ingreso imponible, ya que la publicidad alienta el consumo.
Sin embargo, en esto radica lo más extraño del libro: prácticamente no se aborda cómo se supone que la gente, con los ingresos reducidos a la mitad, empleará el tiempo libre enormemente mayor que los autores quieren que tenga. Además de la frase que mencioné sobre el músico, el escultor, el maestro y el científico –y la descripción corresponde a su trabajo, no a las actividades en el tiempo libre– la sugerencia es que una buena actividad ociosa es dejar vagar la mente “libremente y sin ningún objetivo”, y una lista de tres diversiones –“jugar al fútbol en la plaza, hacer y decorar los muebles de la casa, tocar la guitarra con amigos”– propuestas para refutar cualquier afirmación de que el concepto de ocio de los autores es “estrictamente intelectual”.
Si usted le pide a alguien que trabaje la mitad del tiempo por la mitad de la remuneración, debería tener mejores respuestas para cuando le pregunte: “¿Qué hago con mi nuevo tiempo libre?”.
Richard A. Posner es juez de la Corte de Apelaciones de Estados Unidos. © The New York Times. Traducción de Cristina Sardoy
ESTILO
Uso de la cursiva
Versión 1.2. 2012-01-22
Fuente: http://www.tex-tipografia.com/ortotipografia_puntuacion.html
La letra cursiva o itálica es la que tiene inclinados los trazos ascendentes de letras como b, d, h, m, L, F, H, T, etc., a menudo con formas más redondeadas que las correspondientes letras redondas.
La cursiva es, junto con las mayúsculas y las comillas, uno de los tres procedimientos básicos para indicar que una palabra o grupo de palabras tiene un sentido especial que no se corresponde con el del léxico común de la lengua. Estos tres procedimientos rara vez se combinan (salvo en los nombres propios y la mayúscula de la primera palabra de una expresión, título, cita o similar).
La normas sobre el uso de la cursiva no son ortográficas, y por tanto lo establecido sobre ella en la Ortografía del 2010 de la RAE (Real Academia Española) y la Asale ha de entenderse como una mera orientación general destinada a textos generales.
Las principales funciones de la cursiva son de énfasis y para señalarle al lector que un sintagma o una palabra común puede resultarle ajena por ser un neologismo, formar parte de una jerga o argot, adoptar una forma incorrecta o funcionar como metalenguaje, es decir, no formar parte del discurso con el sentido propio de las palabras.
Naturalmente, las reglas que siguen a continuación también han de entenderse como orientativas, pues la ortotipografía debe ser flexible y adaptarse a las necesidades de cada escrito. Como ejemplo de esta flexibilidad, pensemos en un escrito donde abundan tanto los énfasis como los neologismos; en tal caso, podemos optar (siempre manteniendo la coherencia) por escribir entrecomillados los neologismos, o bien podemos expresar el énfasis con negrita u otro cambio tipográfico.
Cursiva sin mayúsculas
1) Énfasis:
A ver si te enteras: si lo hizo fue porque quiso, no porque se lo pidieran.
2) En las palabras o letras españolas que se usan como referencia a sí mismas y no por su significado.
¿Una palabra que tenga cinco íes? La respuesta es dificilísima.
3) En las palabras comunes que, por ser de origen extranjero, no siguen las normas ortográficas del español (no van en cursiva, por tanto, los nombres propios, títulos entrecomillados, citas…):
Su partenaire tenía mucho glamour.
La revista se imprime en offset.
4) Las palabras que no se emplean correctamente y las creaciones coloquiales:
Tenía un helao de cocholate, pero me se cayó cuando veía la peli.
5) En textos didácticos, el nombre de los conceptos cuando se introducen o explican:
Los caracteres son representaciones abstractas de los componentes mínimos con valor semántico de una lengua escrita. Una fuente es una colección de glifos, que son representaciones gráficas de caracteres.
6) En diccionarios, la función gramatical, los ejemplos, comentarios, etc., del significado:
durante prep. Denota simultaneidad de un acontecimiento con otro. Durante los días de invierno.
7) Las indicaciones escénicas en obras de teatro o guiones de cine, radio y televisión, incluyendo los paréntesis[1]:
Félix. (Gritando y yendo hacia él.) ¡Hable usted! (Cogiéndole por el pecho un puñado de tela y zarandeándole en el sillón.) ¡Diga usted si es cierto o no es cierto lo que ha dicho esa mujer!
8) Las indicaciones de dinámica y carácter en música empleadas en sentido general, incluyendo las abreviadas:
piano, allegro, mf
Cursiva con mayúscula en la primera palabra
Se emplea la cursiva con inicial mayúscula en la primera de sus palabras y las que pudieran corresponderle por las normas generales:
1. En los títulos de obras artísticas que forman una unidad física o temporal, y en particular en los de:
a) libros:
Ortografía de uso del español actual
Ecosistemas de los Andes colombianos
Hamlet
b) pinturas, fotografías y esculturas:
Las meninas, Presencia de América Latina, El beso
c) obras teatrales, espectáculos y películas:
La venganza de don Mendo, Desayuno con diamantes, Varekai
d) obras musicales, cuando son descriptivos y no aluden a la forma o el género:
la Sinfonía núm. 6 en fa menor, Pastoral, de Beethoven
Las cuatro estaciones
Los maestros cantores de Núrenberg
e) discos y otros registros sonoros:
Descanso dominical
f) el tema de congresos, encuentros, simposios, etc., que sirven de lema en aposición y que se aplican a toda la serie:
XI Congreso La unidad en la diversidad
Cuando afecta a uno solo de los congreso de la serie va entrecomillado.
g) programas de televisión de emisión periódica, como las series, o que consisten de un único programa:
La familia Ingalls
La casa de la pradera
Informe semanal
Diez años de democracia
h) exposiciones (que alternativamente pueden ir entre comillas):
La exposición 100 años, 50 acontecimientos. Palau de la Música Catalana se inauguró ayer.
La exposición «100 años, 50 acontecimientos. Palau de la Música Catalana» se inauguró ayer.
En ocasiones, una parte del título ocupa el lugar del completo:
el Quijote, el Times.
Los títulos dados en una lengua extranjera conservan las mayúsculas que le corresponden según las normas ortográficas generales de esa lengua:
When I was a German
La France et les Français
2. Los nombres dados a animales individuales:
Mi gata Dara es de raza persa.
Pero podría optarse también por la redonda si, por ejemplo, se trata de animales que son auténticos personajes de una obra, como Tintín y Milú.
3. En nomenclatura zoológica y botánica, los nombres científicos de género, especie y subespecie:
Artemisia campestris subsp. inodora
Felis silvestris catus
4. En nomenclatura bacteriológica, los nombres científicos de todos los niveles:
Lactobacillales
En zoología y botánica se ha preferido la redonda, pero cada vez es más frecuente la cursiva.
5. Los nombres de ejemplares individuales de los vehículos, bien sean parte de una serie, bien sean singulares:
la Numancia, el Cruz del Sur
6. Los movimientos de obras musicales concretas, cuando se refieren al carácter:
El Allegro energico e passionato—Più allegro de la Cuarta Sinfonía de Brahms.
Cursiva con mayúsculas en todas sus palabras
Se escriben en cursiva con inicial mayúscula en todas sus palabas salvo artículos y preposiciones:
1. Las publicaciones periódicas impresas, como diarios, revistas, cómics… También van en cursiva las correspondientes siglas bibliográficas:
Mundo Científico, La Vanguardia, Le Monde
Neue Zeitschrift für Musik, NZfM
2. Los sobrenombres, cuando van acompañados del nombre real
Leopoldo Alas Clarín
La regenta es una obra de Clarín.
Dolores Ibárruri, la Pasionaria
3. Los nombres dados a huracanes y ciclones individuales:
el Katrina, el Choi-wan
Casos especiales
En textos íntegramente compuestos en cursiva, como en las dedicatorias o los epígrafes, las funciones de la redonda y la cursiva se intercambian; no obstante, siempre van en cursiva los símbolos de una letra que representan conceptos matemáticos o magnitudes físicas (como velocidad, energía o temperatura):
Teorema 3. Si a = b y b = c, entonces a = c.
En titulares de prensa, donde la cursiva no se considera adecuada, es frecuente que se reemplace por comillas simples:
El ‘Katrina’ llega a Nueva Orleans
En textos que se muestran en una pantalla, las cursivas también pueden presentar problemas de legibilidad, por lo que se pueden reemplazar por comillas simples, comillas ordinarias o negritas.
Las citas, títulos entrecomillado y similares de textos en otras lenguas no se pasan a cursiva.
No debería formarse el plural de las palabras o sintagmas que van en cursiva dejando -s o -es en letra redonda, sino que han de ir íntegramente en cursiva:
Ese cuarteto tienen demasiados adagios para mi gusto.
Notas
1. ^ La posición en el ejemplo del punto con relación al paréntesis es correcta. En cambio, no es correcta la imposición académica de que el punto vaya tras el paréntesis en todos los casos.
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