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quarta-feira, 6 de fevereiro de 2019
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segunda-feira, 4 de fevereiro de 2019
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sexta-feira, 1 de fevereiro de 2019
LENGUAJE INCLUSIVO
De la editora al lector
PROPUESTAS PARA UNA COMUNICACIÓN POLÍTICA
EQUITATIVA Y PARITARIA
El lenguaje inclusivo, la realidad y las palabras
en Clarín Buenos Aires.
El Gobierno prepara un manual con “recomendaciones” para incorporar “la perspectiva de género” en los medios.“Hemingway cobraba los artículos por palabras”. Así comienza una nota que recibió el premio Don Quijote de Periodismo, uno de los reconocimientos más prestigiosos de la profesión. Su autor, el escritor español Juan José Millás, tiró de esa primera frase para enhebrar la historia de un negocio imaginario de venta de palabras, al que la gente se acercaba luego de comprar el pan. Allí, las palabras más caras eran los sustantivos, porque suponía el autor que venía de sustancia. Luego le seguían los verbos y tras ellos los adjetivos. Las frases hechas eran las más baratas. El artículo de Millás fue publicado hace 10 años, cuando nadie hablaba aún del lenguaje inclusivo, y sin embargo él ya había incluido un sector de palabras inexistentes en esa tienda que había imaginado de niño. Hoy no tiene un negocio abierto al público como soñó entonces, pero de todos modos acabó viviendo de las palabras. Y, de alguna manera, con su artículo titulado “Un adverbio se le ocurre a cualquiera”, construyó su propio manual de estilo que se lee en escuelas de periodismo y nada tiene que ver con el que acaba de elaborar el Gobierno con “recomendaciones” para incorporar en las redacciones.
Ya hay un borrador de 30 páginas y la versión final se “lanzará próximamente”, según contaron fuentes oficiales. El título es “Propuestas para una comunicación política equitativa y paritaria”, e incluye un decálogo con ejemplos de títulos y notas que se adecuarían a una perspectiva de género.
Nadie duda de que el manual impulsado por el Instituto Nacional de las Mujeres tiene buenas intenciones y que busca acabar con la discriminación y el sexismo que recorre nuestro lenguaje. También es cierto que los medios de comunicación tienen por delante un camino de aprendizaje para superar estereotipos. Pero ¿no será mejor actuar primero sobre la realidad que sobre las palabras?En el cuadernillo se aconseja el uso de sustantivos colectivos para sustituir el genérico masculino (”La población argentina” en lugar de “Los argentinos”) y se critica algunos artículos, como uno que indica “cómo votaron los diputados” por no decir “diputados y diputadas”. El manual propone también “evitar destacar actitudes, vestimenta o aspecto físico de las mujeres en detrimento de las acciones o el hecho generador de la noticia”, y pone como ejemplo una nota sobre María Eugenia Vidal donde se apunta a su vestido, maquillaje y cambio de look.
Hoy el Gabinete nacional tiene diez ministerios, pero solo dos están al frente de mujeres: Carolina Stanley y Patricia Bullrich. En la provincia de Buenos Aires la equidad de género también marcha en cámara lenta: si bien Vidal (la primera mujer gobernadora en la historia bonaerense) nombró en 2018 a más juezas que jueces en los tribunales provinciales, no tiene ninguna ministra en su gobierno. Y en las Legislaturas del interior, solo en 10 distritos se cumplen las leyes de paridad.
Ahora, volviendo a las palabras, más que duplicar los términos (como diputados y diputadas), convendría multiplicar las voces para que haya más escritores como Millás poniéndoles valor a sus verbos, adverbios y adjetivos, lejos de ese ojo de buey de la “corrección política”.
El Gobierno podría ponerse al frente de la igualdad redoblando las voces femeninas en los Gabinetes en vez de proponer manuales para periodistas con recomendaciones para comunicar en forma “equitativa y paritaria”.
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quinta-feira, 31 de janeiro de 2019
MANUSCRITO
Acerca de las palabras
En la primera clase de una materia que dicto en la universidad, propongo un ejercicio engañosamente humilde. En medio del pizarrón escribo la palabra "gato". Solita, insignificante.
A continuación, les pido a mis alumnos que vayan diciendo todos los conceptos que pueden relacionar con esa palabra. Van saliendo así desde la agilidad hasta el sigilo, desde las vibrisas hasta Bastet. En la siguiente media hora, la pizarra -que en realidad es blanca, y apunto este dato sin ninguna inocencia- se llenará de adjetivos, sustantivos y verbos. Entonces les digo que salvo unas pocas excepciones, todas las palabras reverberan en el lector con una resonancia así de vasta. Que no es igual miedo que terror, pavor, pánico, aprensión, susto, alarma o desasosiego. Ni significa lo mismo casa que hogar o morada que domicilio.
La semántica es la armonía del idioma, y cada palabra resuena con otras, no dichas, y estas a su vez inspiran nuevos ecos. Como las 11 cuerdas del sitar que no se tocan, sino que suenan por simpatía con las que el músico pulsa.
Les aconsejo entonces que no se conformen con el primer término que se les ocurra, que exploren, porque todo puede siempre decirse mejor, y que con no poca frecuencia el mismo adjetivo será mucho más efectivo si aparece una sola vez o si cuatro párrafos antes colocamos un sustantivo que de algún modo lo anticipa.
Palabras. Usamos entre 300 y 500 para hablar. Se dice que un buen escritor pasa de las 5000. Es lógico. Sobran los ejemplos en la literatura para demostrar una máxima inmarcesible: los libros no se escriben con ideas, sino con palabras. Así que cada día que aprendemos una nueva es, para los que vivimos del texto, un día de felicidad. Dije aprender, pero es más bien descubrir.
La tarea es doblemente dichosa. Porque, ¿cómo se descubren nuevas palabras? Leyendo a los maestros, por supuesto, y con un diccionario al lado. Pero hay otro modo. Mi madre, que quiso ser escritora, me enseñó cuando era chico a leer el diccionario. Prescindir de los autores e ir directo a la fuente. Desde entonces, no solo puedo pasarme horas rebuscando en ese arcón lleno de tesoros, sino que se me hizo un hábito el coleccionarlos. Tengo incluso dos de sánscrito y uno de alemán tan antiguo que está impreso en letras góticas.
Recuerdo lo que sentí cuando aprendí el verbo escampar. Algo tan sutil como el momento en que cesa de llover. No podía no tener su propio verbo. Allí estaba. En un cuento o en una novela. El escritor no tomó el camino fácil. No puso que había dejado de llover, sino que había escampado. Eso es amor.
Así se mantienen vivas las palabras, además. Cuando las dejamos de emplear, cuando caen en desuso, cuando alguien en alguna parte las cataloga como arcaísmo, adiós, es un color menos, un armónico menos. No habría música sin armónicos. Tampoco habría literatura.
Podría enumerar muchas vocablos que lo hacen a uno amar su idioma. O contar cómo, hace muchos años, con un ejecutivo de una compañía nacional, durante un viaje del que participaban muchos periodistas latinoamericanos, nos propusimos crear un diccionario con las palabras que suenan igual, pero significan cosas por completo diferentes, y en ocasiones con efectos enojosos. Quizás estábamos atareados en asuntos menos importantes, y el proyecto nunca prosperó.
Relataré, en cambio, cómo descubrí la palabra más nueva en mi colección. Hace unos días, mi colega Sebastián Ríos, experto en vinos y viticultura, publicó una foto de los racimos de su cabernet sauvignon y escribió: "Llegó el envero a Florida city". Entonces sentí esa emoción única, corrí al diccionario de la Real Academia y ahí estaba, preciosa y única. "Envero: Color que toman las uvas y otras frutas cuando empiezan a madurar." Ese fue un día feliz.
Por: Ariel Torres
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