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terça-feira, 18 de dezembro de 2012

IDIOMA ESPAÑOL






Diez consejos para hablar y escribir bien en español

porMiguel Ayuso


El diccionario de la Real Academia Española define el lenguaje como un “conjunto de sonidos articulados con que el hombre manifiesta lo que piensa o siente”. No cabe duda de que el español cumple su cometido. Tal como señala Florentino Paredes García, profesor del departamento de filología de la Universidad de Alcalá de Henares, el español “nos sirve a todos para comunicarnos, y nos sirve adecuadamente”. Pero, ¿hablamos todos un español correcto? “No podemos decir que es descuidado”, apunta Paredes, “pero, como todas las cosas, es susceptible de mejora”.
Con la idea de ayudar a los hispanohablantes a escribir y hablar correctamente el español, el Instituto Cervantes ha impulsado la elaboración de El libro del español correcto (Espasa), un manual que pretende definir cómo debe ser el español de la norma culta. El profesor Paredes ha coordinado su edición y ha atendido a El Confidencial para explicarnos cuáles son los errores que cometemos con más frecuencia en el lenguaje hablado y escrito. Errores que, como señala el filólogo, “son muy comunes y tienen mucha visibilidad, pues aparecen en los medios de comunicación y las escuelas”, instituciones que deberían servir como referencia, pero incurren en numerosas faltas que acaban extendiéndose entre toda la población.
Lo cierto es que el lenguaje está evolucionando más rápido que nunca, y lo que hoy no es correcto puede serlo mañana. Esto de por sí no es necesariamente malo, pero hay determinados usos que deberían evitarse, pues llevan al idioma a empobrecerse y perder matices que son útiles en nuestro día a día. En opinión de Paredes, “el español que quiera hablar correctamente tiene que conocer la norma, la convención, aunque después decida saltársela”. Y hay errores que un hablante culto debería evitar a toda costa. Estos son los diez que, según Paredes, están más extendidos y son más relevantes.
1. Ambigüedad
Para Paredes la ambigüedad es uno de los errores más graves que cometemos en el lenguaje hablado y escrito. Se da cuando “no expresamos con claridad lo que queremos trasmitir”. Cuando hablamos, este tipo de errores se pueden corregir en el trascurso de la propia conversación, pero cuando escribimos es mucho más difícil evitar confusiones.
La ambigüedad puede surgir de muchas formas, por ejemplo, cuando utilizamos incorrectamente los signos de puntuación (“lo haré como había prometido” no es lo mismo que “lo haré, como había prometido”) o cuando colocamos mal los complementos (“Se alquila habitación para estudiantes de 15 metros” no es lo mismo que “se alquila habitación de 15 metros para estudiantes”).
Otra gran fuente de ambigüedad es la tendencia reciente a sustituir verbos por nombres. Se trata de un error que comete la prensa de manera habitual, con expresiones del tipo “la elección del nuevo ministro”, que, según explica Paredes, “no sabemos bien a qué se refieren”.
2. Pobreza léxica
Paredes asegura que el uso de “palabras insípidas” está muy extendido y hace que el idioma se empobrezca. Quizás por comodidad, se abusa de verbos como “hacer”, “dar” o “decir”, que son demasiado simples. No es lo mismo “dar lástima” que “inspirar lástima”, ni “dar golpes” que “propinar golpes”.
Ocurre lo mismo con determinados adjetivos como “bueno”, que se usa para todo, y con fórmulas cansinas del tipo “antiguas pesetas”, “apretada agenda” o “cómodos plazos”, construcciones que quizás eran acertadas el día que se inventaron, pero que han acabado convirtiéndose en lugares comunes, que es preferible evitar.
3. Tender a utilizar palabras muy largas
“Parece que usar palabras largas es mejor”, comenta Paredes, “pero no es cierto.Tenemos que aprender a reducir los textos usando palabras más breves”. En opinión del profesor, abusamos con frecuencia de los archisílabos, utilizando palabras como “incondicionalidad”, y usamos construcciones rimbombantes que no aportan nada, como cuando decimos “en el día de hoy”, en vez de limitarnos a usar “hoy”, que dice exactamente lo mismo.
4. Errores de puntuación
Paredes es claro al respecto: “Son innumerables los textos mal puntuados, y en Internet son legión”. El profesor reconoce que “es difícil puntuar bien”, pero insiste en que debemos hacer un esfuerzo por hacerlo correctamente. Los signos de puntuación son decisivos para dar sentido al lenguaje escrito, pues sirven para aclarar lo que queremos decir. No es lo mismo escribir “si necesitas algo pídemelo por favor” que “si necesitas algo pídemelo, por favor”.
“La gente cree que la puntuación tiene muy poca importancia, pero no es verdad”, señala Paredes. El profesor lamenta, además, el arrinconamiento del punto y coma, un signo que da riqueza al idioma, pero se usa cada vez menos, quizás por la influencia del inglés. “Pasa lo mismo con la apertura de la interrogación”, comenta Paredes, “es un aspecto distintivo del español que merece la pena seguir utilizando”.
5. Errores de entonación
Los errores en la entonación se cometen cuando, en el lenguaje hablado, acentuamos una palabra en una sílaba inapropiada. “A veces, como intento por destacar”, señala Paredes, “se pronuncian palabras átonas como tónicas. No se intenta remarcar nada, sino entonar distinto solo por el afán de ser distinto, o pretender ser distinto. La entonación tiene una función clarísima, contribuir a la interpretación de la oración, de las ideas que queremos trasmitir. Si cambiamos la entonación, y ponemos acentos donde no corresponde, el que nos escucha tendrá más dificultad para entender lo que decimos”.
6. Errores de sintaxis
Los errores de sintaxis más comunes tienen que ver con el uso incorrecto de las preposiciones. Tal como señala Paredes, muchos verbos deben ir acompañados obligatoriamente de una preposición concreta, y cambiarla por otra lleva a que realicemos una construcción inadecuada. Los fallos más comunes son el dequeísmo y el queísmo, que se comenten cuando utilizamos la preposición “de” antes de “que” cuando no se necesita, o la eliminamos cuando sí es necesaria.
7. Impropiedades del lenguaje
Para Paredes este es un “problema serio”, pues se trata de uno de los errores más extendidos y menos conocidos por la población general. Se da cuando utilizamos una palabra dándole un significado que no le corresponde. La realidad es que, como apunta Paredes, “solo tenemos una idea aproximada de lo que quiere decir una palabra, y no conocemos el significado exacto”. Esto ha conducido a que algunas palabras hayan perdido su significado original. Es el caso de “incidente”, que sólo debería utilizarse para referirse a una pelea o una riña, pero se usa para referirse a cualquier contratiempo, o “inaudito”, que se usa como sinónimo de “insólito”, pero, en realidad, se refiere a algo “nunca oído” o “monstruoso”.
Este error es una fuente constante de discusiones entre filólogos y lingüistas. Al fin y al cabo, ¿quién decide lo que significa cada palabra? Las palabras evolucionan con el tiempo, y con ellas su significado. Al final son los hablantes los que acaban imponiendo uno u otro significado, en función del uso que le dan a cada palabra. ¿Cuándo se convierte en norma lo que se usa de manera global? Paredes es tajante: “Cuando lo recoge el diccionario, que es el instrumento que nos hemos dado para ratificar la validez de algo”.
8. Extranjerismos inapropiados
La influencia del inglés, ya sea, como señala Paredes, “por desidia o por malas traducciones”, ha hecho que cambie el significado de muchas palabras españolas, que usamos para expresar lo que dice una palabra inglesa parecida. Es el caso de la palabra “bizarro”, que en español significa “valiente” o “generoso”, pero se está empezando a utilizar como sustituta de la palabra inglesa “bizarre”, que quiere decir “extraño” o “estrafalario”.
Otro error derivado de la enorme influencia que tiene el inglés sobre los hispanohablantes, tiene que ver con la tendencia a usar términos extranjeros cuando tenemos alternativas en español, correctas, válidas y que dicen exactamente lo mismo. No todos los extranjerismos son incorrectos. Palabras como “robot” se han introducido en el español porque no existía ninguna palabra en nuestro idioma con el mismo significado. Pero hay otros extranjerismos que, tal como señala Paredes, “se usan por esnobismo”, y no hacen más que dificultar el uso del español. ¿Por qué hablar de “fast food” si podemos decir “comida rápida”? ¿Por qué decir “link”, si podemos decir “vínculo” o “enlace”?
9. Errores verbales
Ocurren cuando usamos el infinitivo con valor de imperativo (no se dice “salir de aquí”, sino “salid de aquí”), o cuando construimos oraciones sin conjugar los verbos, un error muy habitual, que lleva a expresiones incorrectas como “Además, decir que…”. Se trata de una falta que se está extendiendo mucho. Tal como señala Paredes, “es obligatorio el uso del verbo en forma conjugada siempre que se trate de una oración completa”. El infinitivo solo se admite en formas muy concretas como “no fumar”.
También existe una tendencia a eliminar las formas subjuntivas, de nuevo por influencia del inglés, dando pie a construcciones incorrectas como “no puedo creer que es verdad”, cuando se debería decir “no puedo creer que sea verdad”. El filólogo insiste en la gravedad de estos errores, pues “pueden llegar a modificar la estructura interna del español”.
10. Redundancias
Se trata de un error muy común que cometemos cuando utilizamos dos palabras cuyos significados son repetitivos. No es correcto usar expresiones como “el colofón final” o “beber líquidos”, pues un colofón siempre es final y solo podemos beber líquidos. Paredes cree que “son detalles sutiles de significado pero que se repiten constantemente, haciendo que los textos sean muy farragosos”.

VINICIUS DE MORAIS


Soneto del amigo


En fin, después de tanto error pasado
Tantas retaliaciones, tanto peligro
Es que resurge en otro el viejo amigo
Nunca perdido, siempre reencontrado.

Es bueno sentarlo nuevamente al lado
Con ojos que contienen el mirar antiguo
Siempre conmigo un poco atribulado
Y como siempre singular conmigo.

Un bicho igual a mí, simple y humano
Sabiéndose mover y conmover
Y disfrazarse con mi propio engaño.

El amigo: un ser que la vida no explica
Que solo se va al ver nacer a otro
Y el espejo de mi alma multiplica...

Vinicius de Moraes

Soneto do amigo

Enfim, depois de tanto erro passado
Tantas retaliações, tanto perigo
Eis que ressurge noutro o velho amigo
Nunca perdido, sempre reencontrado.

É bom sentá-lo novamente ao lado
Com olhos que contêm o olhar antigo
Sempre comigo um pouco atribulado
E como sempre singular comigo.

Um bicho igual a mim, simples e humano
Sabendo se mover e comover
E a disfarçar com o meu próprio engano.

O amigo: um ser que a vida não explica
Que só se vai ao ver outro nascer
E o espelho de minha alma multiplica...

Vinicius de Moraes

FUNDÉU RECOMIENDA...


Recomendación del día


homólogo no equivale a homónimo ni a colega

Homólogo alude a la persona 'que ejerce un cargo equivalente al de otra', mientras que homónimo significa ‘con el mismo nombre’.

Sin embargo, en los medios de comunicación es habitual encontrar noticias como «Pese a la ausencia de Hugo Chávez, Evo Morales siguió los pasos de su homónimo firmando el protocolo de adhesión al Mercosur» o «El ministro de Agricultura se reunirá esta semana con su homónimo marroquí», donde lo apropiado habría sido escribir su homólogo.

Homónimo sí está bien empleado en «Ang Lee estrena La vida de Pi, basada en el libro homónimo del canadiense Yann Martel» o «El quinto trabajo de Malú fue un disco homónimo editado por Sony a mediados del año 2005».

Por otro lado, el Diccionario panhispánico de dudas y otros de uso como el Clave desaconsejan emplear homólogo y colega como formas sinónimas, aunque compartan un campo de significado.

En este sentido, cabe precisar que colega es un término más amplio, que abarca a todos los compañeros de una profesión, mientras que homólogo se refiere exclusivamente a aquellos que ejercen un mismo cargo: un ministro es colega de un alcalde (ambos se dedican a la política), pero este no es su homólogo, pues ejerce un cargo diferente.

segunda-feira, 17 de dezembro de 2012

DEL IDIOMA


DEL IDIOMA: PARA APRENDER EL ACENTO (I)
María Luisa García Moreno
Revista Pionero, Cuba,
Diciembre, 2012

Las normas de acentuación son complejas, a pesar de lo que el maestro y poeta cubano Raúl Ferrer escribió a sus alumnos, en 1940: «Para aprender el acento»/ ¿Una aguda quiere usted?/ Aquí la tiene: pared./ ¿Quiere una llana?/ ¡Ventana!/ ¿Una esdrújula?/Pues... brújula.// ¡Pared, brújula, ventana...!/ ¡Qué fácil es la lección!/ ¡Y qué alegre el corazón/ cuando la sepa mañana!
No solo debes dominar las reglas básicas para la acentuación de palabras agudas, llanas o esdrújulas; además, debes saber que algunas palabras llevan tilde diacrítica; otras,tilde hiática y aún quedan las normas relativas a las palabras compuestas. Por eso, son importantes trabajos como la Propuesta racional para simplificar la ortografía, de Juan Andrés Gualda, quien reduce a ¡doce! las palabras con tilde. ¿Te imaginas! ¡Qué maravilla! El libro en que explica su propuesta ya la pone en práctica y no usa la tilde más que en esos doce términos. Sin embargo, no es cosa de que decidamos apoyarlo o no. Aunque su idea resulta muy racional, estamos sujetos a lo normado por la Asociaciónde Academias de la Lengua Española. Así que más vale que te propongas aprender bien las normas, porque, si no, te costará muchos puntos en las pruebas.
Aúnque engorroso, el sistema tiene lógica: el mayor número de palabras son llanas y la inmensa mayoría termina en n, s o vocal; por eso, para tildar las menos, llevan acento ortográfico las que terminan en consonante que no sea ni n, ni s. Y las agudas, a la inversa. Por último, las esdrújulas, que son las menos, siempre llevan tilde.
Si entiendes esa lógica, no resulta difícil.


LA LENGUA VIVA









La Gramática resulta apasionante
Amando de Miguel

Me refiero a la Gramática viva, la que resuelve las dudas de la gente, no la de los manuales académicos que nos torturaban en la infancia escolar. Una cosa son las normas y otra los usos, aunque a veces puedan ser aberrantes. Otras veces el uso corrige la excesiva complicación. Por ejemplo, resulta muy bonito lo de "quincuagésimo aniversario", es decir la celebración de los 50 años de algo. Juan Carlos Antón se lamenta de que hayan desaparecido en la práctica los ordinales más allá del décimo. Ese es el hecho y no hay que lamentarlo mucho. Puede parecer muy curioso decir que el ordinal de 999 es el "noningentésimo nonagésimo noveno", pero eso solo se puede poner en un escrito notarial o similar.
Una costumbre de estos artículos (o artejos) es la de anteponer el tratamiento de don o doña a todos los corresponsales para no repetir el nombre completo. Lo hago con una mezcla de respeto, cariño y humor. Entiendo que es la misma razón por la que muchos me llaman "don Amando". No obstante, el cliente siempre tiene razón. Resulta que Gabriel Ter-Sakarian Arambarri me pide que le apee el tratamiento. Concedido. Se trata de un buen lector que nos dado aquí muchas pistas para entender los asuntos del lenguaje. Gracias Gabriel.
Víctor Dodino se introduce en la polémica de la tilde en las palabras latinas. Por eso se pregunta qué hacemos con "referendo, memorando,currículo y otros muchos" términos latinos castellanizados. Mi opinión es que, en los casos que cita, el singular debe hacerse en latín con la tilde correspondiente: currículum, referéndum, memorándum. En cambio, los plurales se atienen a la norma del español: currículos,referendos, memorandos. Otro ejemplo que pone don Víctor es dum-dum, unas balas así llamadas porque se fragmentan y son terriblemente dañinas. No hay problema de acento porque no lo lleva. No es una palabra latina sino simplemente onomatopéyica.
J. Miguel Vizcaíno critica la expresión de "atrincherados en sus casas" para la noticia de los vecinos de una pedanía de Albacete asustados porque un asesino andaba suelto por las calles. No me parece tan exagerada como dice mi corresponsal. El verbo atrincherarse es también "encastillarse o encerrarse a la defensiva", sea de una conducta o una idea. No hace falta que se caven trincheras o se alcen muros con sacos terreros. El lenguaje corriente se enriquece con analogías.
José Antonio Martínez Pons se interesa por la grafía de Tchaikosky. Ha consultado con una joven rusa que está en España, pero la chica no había oído hablar de tal nombre. En cambio, sabía muy bien quién era Cristiano Ronaldo. El sarcasmo del mallorquín viene muy a cuento: "¡Y nos quejamos de la Logse y la LOE!". Más polémicas. Don José Antonio apunta que en mallorquín se dice esperit para los licores, incluyendo el agua del Carmen, que era un destilado muy potente que podían tomar lícitamente las señoras. Creo que era así en toda España. Ya de paso, comenta don José Antonio que no se debe hablar de "bandera anticonstitucional" cuando lleva el águila de San Juan. La razón es que la Constitución habla de bandera y no de escudo. El escudo es de los reyes o los jefes de Estado. Por eso mismo la bandera nacional "no es monárquica, ni mucho menos borbónica", como a veces se dice. Añado que todavía es más aberrante la afirmación de que la bandera nacional es "la de Franco", como también se oye decir a algunos. Aquí la Gramática se nos hace ignorancia o tontería.
Contacte con Amando de Miguel http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/la-gramatica-resulta-apasionante-66176/

LA NARANJA MECÁNICA





La naranja se pasea
Hace 50 años, cuando la Inglaterra de posguerra se conmocionaba con la creciente violencia juvenil y sus intelectuales todavía reflexionaban sobre el radical matrimonio entre la crueldad nazi y la alta cultura, Anthony Burgess publicó un libro en el que unía las dos discusiones y enfrentaba a la sociedad con su presente. La adaptación al cine de Kubrick, filmada nueve años después, terminó de darle una popularidad que no perdió desde entonces. Novela adolescente, violenta, vanguardista, atravesada por Beethoven, un argot de influencia soviética y una furia incomprensible, su protagonista, Alex, encarna todavía problemas filosóficos, sociales y artísticos sin solución. Para celebrar el aniversario de su publicación, la edición conmemorativa inglesa de La naranja mecánica incluye un agudo ensayo de Martin Amis a manera de prólogo que la edición en castellano lamentablemente ha perdido en el camino. Por eso, Radar lo traduce. Y de yapa, lo que escribió Burgess en el ’72 después de ver la película.
FUENTE: PÁGINA 12 - Por Martin Amis


El asunto diario de escribir una novela con frecuencia parece consistir sólo en decisiones –decisiones, decisiones, decisiones–. ¿Debe ubicarse este párrafo acá? ¿O debe ir ahí? ¿Puede este tramo de descripción ser diversificado con un diálogo? ¿En qué momento se debe revelar esta información? ¿Debo usar un adjetivo diferente y un adverbio diferente en esta oración? ¿O debo descartar el adverbio y el adjetivo? ¿Coma o punto y coma? ¿Coma o guión? Y así.
Estas decisiones son menores, claramente, y son procesadas de forma más o menos racional por la conciencia. En cambio, todas las decisiones mayores ya fueron tomadas antes de que uno se siente al escritorio; y no hizo falta un momento de pensamiento. Las decisiones mayores son inherentes al escalofrío original –al latido o susurro inicial, un susurro que dice “ésta es una novela que vas a poder escribir”–. Misteriosamente, es el inconsciente el que hace el trabajo pesado. Nadie sabe cómo ocurre. Por este motivo Norman Mailer llamó a su (excelente) libro sobre la ficción Un arte espectral.
Cuando, en 1960, Anthony Burgess se sentó a escribir La naranja mecánica podemos estar seguros de que poseía un puñado de certezas sobre lo que tenía por delante. Sabía que la novela iba a transcurrir en el futuro próximo (y que iba a tomar el camino standard de la ruta de la ciencia ficción, desarrollando, y exagerando ferozmente, tendencias actuales). Sabía que su vicioso antihéroe, Alex, iba a ser el narrador, y que narraría en un argot o idiolecto que el mundo no había escuchado nunca antes (eventualmente eligió una infalible y deliciosa mezcla de ruso, romaní y slang). Sabía que tendría que ver con el Bien y el Mal y el Libre Albedrío. Y sabía, crucialmente, que Alex albergaría una pasión poco plausible: un amor extático por la música clásica.
Vemos la caprichosa brillantez de esta última decisión cuando nos reencontramos, después de más de medio siglo, con el malicioso, despreciativo, burlón y llorón joven sociópata de Burgess –un personaje inmejorablemente capturado por Malcolm McDowell en el desparejo pero celebrado film de Stanley Kubrick–. “No fui yo, hermano, señor”, se queja Alex ante el asistente social que lo llevó a la cárcel local: “Defiéndame señor, no soy tan malo”. Pero Alex es tan malo; y lo sabe. Los primeros capítulos de La naranja mecánica todavía ofrecen el impacto de lo nuevo: forman una línea roja de alegre maldad.
Durante su primera noche en la ciudad, Alex y sus drugos (o cómplices) acechan a un maestro de escuela, desgarran los libros que lleva consigo, lo desnudan y pisotean su dentadura postiza; roban y apalean a un comerciante y su esposa (“un buen golpe con una barra de abrir cajones”); patean a un mendigo borracho (“lo cracamos bien, sonriendo entretanto”); y tienen un encuentro con una banda rival donde usan el cuchillo, la cadena, la navaja de afeitar: “Esto sería la cosa verdadera y real, usaríamos el nocho, el usy y la britba, no sólo los puños y las botas... Y ahora bailoteaba con mi britba, como el barbero de un barco que navega en un mar muy picado”. Después, roban un auto (“zigzagueando detrás de gatos y todo eso”), someramente atacan a una pareja, irrumpen en una casa de “otro inteligente estilo hombre de libros como el que habíamos tolchocado unas horas antes”, destrozan las páginas dactilografiadas de su trabajo y violan a su esposa: “Luego todo se serenó, y nosotros estábamos llenos de algo parecido al odio, de modo que cracamos lo que todavía quedaba sano –la máquina de escribir, la lámpara, las sillas– y el Lerdo, como era ya típico en él, apagó el fuego orinando y se disponía a cagar sobre la alfombra, pues por allí abundaba el papel, pero yo dije no –fuera fuera fuera– aullé. El veco escritor y su china no estaban realmente en sus cabales, lastimados, ensangrentados, y haciendo ruidos. Pero vivirían”.
Y todo esto ha sido logrado para cuando llegamos a la página 30.
Antes de que termine la primera parte, 51 páginas después, con Alex en una “cantora” que huele a “un vono fuerte, mezcla de enfermería y lavatorios, cerveza rancia y desinfectante”, nuestro “Humilde Narrador” droga y lacera a dos chicos de diez años, corta a Lerdo con su britba y roba y asesina a una anciana solterona: “la bábuchca dijo: –Escuerzo, no toques a mis gatitos –y me arañó la cara. De modo que yo criché: –Sunca vieja y hedionda –y alcé la malenca estatua de plata y le di un buen tolchoco en la golová, y así la callé realmente joroschó”.
En el breve hiato entre estas dos tormentas de “ultraviolencia” (el día uno y el día dos de la novela), Alex vuelve a su casa –al Bloque Municipal 18 A–. Y aquí lo peor que hace es mantener despiertos a sus padres jugando con el estéreo en su habitación. Primero escucha un nuevo concierto de violín antes de proseguir con Mozart y Bach. Burgess evoca las sensaciones de Alex en un pasaje lleno de bravura que le debe menos al nadsat o el dialecto adolescente y más a las ondulaciones del Ulises de Joyce: “Los trombones crujían como láminas de oro bajo mi cama, y detrás de mi golová las trompetas lanzaban lenguas de plata, y al lado de la puerta los timbales me asaltaban las tripas y brotaban otra vez como un trueno de caramelo. Oh, era una maravilla de maravillas. Y entonces, como un ave de hilos entretejidos del más raro metal celeste, o un vino de plata que flotaba en una nave del espacio, perdida toda gravedad, llegó el solo de violín imponiéndose a las otras cuerdas y alzó como una jaula de seda alrededor de mi cama”. Aquí sentimos el poder de ese latido o susurro inaugural –la insistencia autoral de que la Bestia va a ser susceptible a la Belleza–. De un golpe, y sin sentimentalismos, Alex es decisivamente realineado. Ahora ha sido equipado con un alma e incluso una sospecha de inocencia, una sospecha confirmada por la hábil revelación de las últimas líneas de la primera parte: “Eso era todo. La había hecho buena. Y yo apenas tenía quince años”.
A fines de los ’50, cuando La naranja mecánica era solamente un brillo en los ojos del autor, los diarios monótonamente se quejaban de la ola de delincuencia masiva, mientras los Teddy Boys de la posguerra se diversificaban y multiplicaban en Mods y Rockers (que más tarde evolucionarían en Hippies y Skinheads). Mientras tanto, las revistas literarias estaban muchos más preocupadas con los efectos posteriores de la Segunda Guerra Mundial –en particular la supuestamente asombrosa coexistencia, en el Tercer Reich, de la barbarie industrializada y la Alta Cultura. Este es un debate al que la novela, valientemente, se une–.
Desnudo sobre su cama, deslumbrado por Mozart y Bach, Alex recuerda con orgullo sus logros de esa noche, con el escritor y su esposa: “Y mientras slusaba la parda suntuosidad del starrio maestro alemán se me ocurrió que me hubiese gustado tolchocarlos más fuerte, a la ptitsa y al veco, y abrirlos en tiras allí mismo en el piso de la casita”.
Así Burgess pone de manifiesto la siniestra pero no imposible sugerencia de que Beethoven y Birkenau no coexistieron, meramente. Se combinaron y conspiraron, inspirando sueños demenciales de supremacía y omnipotencia.
En la parte 2 la violencia no viene de abajo, sino de arriba: es la limpia y focalizada violencia del Estado. Habiendo pasado dos años de su sentencia, el enteramente incorregible Alex es seleccionado para el Tratamiento de Recuperación (usando la “técnica Ludovico”). Esto termina siendo un curso rápido de terapia de aversión. Cada mañana se le inyecta una droga que provoca náuseas y en silla de ruedas se lo lleva a una sala de cine, donde su cabeza es inmovilizada sobre el asiento y sus ojos obligados a permanecer abiertos con agujas; y después se apagan las luces.
Al principio Alex es obligado a ver escenas familiares de violencia recreacional (tolchocar málchicas, ptitsas crichando y cosas así). Después se avanza a mutilaciones, torturas japonesas (“incluso se videaba cómo le cortaban la golová a un soldado de un sablazo”) y finalmente un noticiero con águilas y swásticas, escuadrones de fusilamiento, cadáveres desnudos. La banda de sonido del último clip es la 5ª Sinfonía de Beethoven. “Basta, sodos grasños y asquerosos –grazna Alex cuando la cinta termina–. Usar de ese modo a Ludwig van. El no le hizo daño a nadie. Beethoven no hizo más que escribir música –y entonces me sentí realmente enfermo y tuvieron que traerme un recipiente que tenía forma de riñón... –No puede evitarlo –replicó el Dr. Branom–. El hombre destruye lo que ama, como dijo el poeta-prisionero. Quizá hemos encontrado el factor personal de castigo. Esto seguramente complacerá al director.”
De ahora en adelante Alex sentirá intensas náuseas, no sólo cuando contemple la violencia sino también cuando escuche a Ludwig van y a otros maestros celestiales. Su alma, tal como era, ha sido extirpada.
Ahora nos embarcamos en las curiosas disculpas de la parte 3. “Nada raro durará mucho”, dijo Samuel Johnson –y quería decir que el apetito de los lectores por lo extraño se sacia rápidamente–. Burgess (a diferencia de, digamos, Kafka) es sensible a esta ley casi infalible; pero se puede argumentar que La naranja mecánica debería haber sido incluso más corta que sus 196 páginas. De hecho la novela fue publicada con dos finales diferentes. La edición norteamericana omite el capítulo final (ésta es la versión que usó Kubrick) y cierra con Alex recuperándose de un catártico intento de suicidio. Está escuchando la Novena de Beethoven: “Cuando llegó el scherzo pude videarme clarito corriendo y corriendo sobre nogas muy livianas y misteriosas, tajeándole todo el litso al mundo crichante con mi filosa britba. Y todavía faltaban el movimiento lento y el canto hermoso del último movimiento. Sí, yo ya estaba curado”.
Este es el final “oscuro”. En la versión oficial, sin embargo, a Alex se le brinda la redención completa. Simplemente –y sentimentalmente– “supera” los atavismos de la juventud y empieza a tener deseos de casarse y sentar cabeza; sus gustos musicales viran hacia “lo que llaman lieder, sólo una golosa y un piano, muy callado y bastante nostálgico”; y carga con él una foto, recortada de un diario, de un bebé regordete “un bebé gorgoteando goo goo goo”. Así que se nos pide que aceptemos que Alex se ha vuelto blando y pensativo –a los 18 años–.
Se siente como una sorprendente pérdida de coraje de parte de Burgess o un recrudecimiento (recordemos que era católico agustiniano) de una culpa religiosa y autoflagelante. Horrorizada por su propia energía transgresora, la novela se somete a su propio Tratamiento de Recuperación, administrado severamente por el autor. Burgess sabía que algo estaba mal: “Un trabajo demasiado didáctico para ser artístico”, admitió a medias, “arte puro arrastrado a la arena de la moralidad”. Y no debería haberse preocupado: Alex puede ser un adolescente pero los lectores son adultos y están perfectamente en paz con lo imposible de regenerar. Además, La naranja mecánica es, en esencia, comedia negra. Cuando se la confronta con el mal, la comedia no siente la necesidad de castigar o corregir. Responde con una risotada corrosiva.
En su libro sobre Joyce, Joysprick (1973), Burgess hizo una provocativa distinción entre lo que llama un novelista clase A y uno clase B: el novelista clase A está interesado en la trama, los personajes y la profundidad psicológica, mientras que el novelista clase B está interesado, sobre todo, en jugar con las palabras. La más famosa novela clase B es Finnegans Wake, que Nabokov describió como “una novela que es como un budín frío, como un ronquido en la habitación de al lado”; y lo mismo puede decirse de Ada o el ardor, por lejos la más B de las diecinueve ficciones de Nabokov. De todos modos, como género, la novela B está completamente muerta; y La naranja mecánica puede ser su única sobreviviente de largo aliento. Es un libro que todavía puede leerse con sostenido placer, continuo entretenimiento y, a veces, incrédula admiración. Anthony Burgess no es, entonces, un novelista B menor, como se describió a sí mismo; es el único novelista B. Creo que esa definición lo conformaría.

FUNDÉU RECOMIENDA...


Recomendación del día


construido, incluido... no llevan tilde

El diptongo -ui- no se tilda en los participios de los verbos terminados en -uir (distribuir, distribuido; concluir, concluido, etc.).

Sin embargo, en muchas ocasiones se encuentra este diptongo tildado incorrectamente: «La comunidad ha destruído el doble de empresas en los cinco primeros meses de 2011»; «Dan por concluídos los acuerdos que sellaron entonces»; «Sus pinturas se han atribuído durante siglos al autor de La Gioconda».

El diptongo -ui- se tilda cuando recae en él el acento en palabras esdrújulas (cuídalo, construírsela) o en agudas terminadas en vocal (influí, incluí) o en s (derruís, excluís), pero no en las llanas terminadas en vocal (fluido, jesuita, incluida) o en s (destruidas, imbuidos, recluidos).

En los ejemplos anteriores, el diptongo -ui- se encuentra en palabras llanas que terminan en vocal o en s, y por tanto no debería haberse tildado: «La comunidad ha destruido el doble de empresas en los cinco primeros meses del 2011»; «Dan por concluidos los acuerdos que sellaron entonces»; «Sus pinturas se han atribuido durante siglos al autor de La Gioconda».

LA RECOMENDACIÓN DIARIA

  LA RECOMENDACIÓN DIARIA resistencia a los antimicrobianos , mejor que  resistencia antimicrobiana   Resistencia a los antimicrobianos , no...