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quarta-feira, 12 de dezembro de 2012
LA LENGUA VIVA
LA LENGUA VIVA 2012-12-10
Politiqués y tertulianés
Amando de Miguel
José Antonio Martínez Pons me sugiere que, al referirnos al idiomapolitiqués, incluyamos el dialecto tertulianés. En efecto, las tertulias de la radio y de la tele son una fuente inagotable de nuevas palabras y giros. Respecto al "primero de todo", que yo achacaba a la influencia del inglés, don José Antonio precisa que quizá sea una imitación del mallorquín o del catalán. Habrá que hacer trabajar al laboratorio para trazar el origen de esa cansina muletilla. Mi idea es que viene muy bien a los políticos y tertulianos para alargar las frases y así poder pensar un poco. El axioma es: "Ideas cortas, frases largas".
Ignacio de Despujol advierte que, en una entrevista que le hacen enEl Mundo, José María Aznar dice que "el Tribunal Constitucional ha infringido un grave daño a la democracia". Puede que el error de"infringido" por infligido haya sido del periódico, del cajista, que se decía antes. Pero podían haber rectificado. Don Ignacio apunta a la extensión del politiqués en el lenguaje general. Por ejemplo, ya no se dice "Me llamo Pepe" sino "Mi nombre es Pepe". O también, "don José" es ahora "el señor José". No digamos nada del fin del subjuntivo. Todo ello es, una vez más, la influencia del inglés ubicuo. A mí me llaman muchas veces "señor Amando", por cierto, como llamaban sus paisanos a mi abuelo.
Luis Borruel nos proporciona un dicho popular de su tierra para reflejar la palabrería vana de políticos y tertulianos: "Le dijo que l'en dijera y no le dijo ni miaja".
Francisco Marrero se detiene a considerar una frase de los políticos de la oposición: "Es un recorte brutal". Supongo que es una especie de antífrasis, como cuando se dice que algo es "bárbaro" (= estupendo). Aunque es dudoso que ese "brutal" se dijera con intención ponderativa.
José María Navia-Osorio se refiere a que Federico Jiménez Losantos describe irónicamente el lenguaje de Felipe González como "cantinflesco". Esa calificación la introdujimos José Luis Gutiérrez y yo en la biografía crítica que hicimos de Felipe González. Don José María demuestra que ese lenguaje tiene seguidores. Así son algunas frases de un discurso del actual consejero de Sanidad de Asturias:
Esa oportunidad que tenemos de hacer ese hospital que no tiene solo importancia en sí mismo. Mire el Hospital Central tiene la importancia en sí mismo también. O sea, como tal... Pero la importancia de eso es que nos permite, desde esa perspectiva, reordenar el conjunto del sistema. O sea, lo más importante es la concepción.
Se refiere luego a la Oficina de Gestión del Cambio:
Y eso está fun..., eso va a funcionar, bueno, está funcionando, no, bueno, es que no me ha dado tiempo, pero como comprenderá, está ahí puesta en marcha.
Añade algunas exquisiteces sobre las "transferencias de conocimiento" y "reubicar prestaciones". Luego repite cuatro veces "conozco" en una misma frase. Introduce unos cuantos terminachos tecnológicos que sirven para modernizar el hospital. Acaba con esta expresión sintética: "O sea, la leche".
José Fernández-Pola anota esta expresión de un moderador de una tertulia: "El Informe Pizza". Seamos comprensivos, son los riesgos del directo. Reconozcamos que pizza suena más italiano que Pisa. El tal informe se refiere a la penuria léxica de nuestros escolares.
Contacte con Amando de Miguel - http://www.libertaddigital.com/opinion/amando-de-miguel/politiques-y-tertulianes-66699/
SÍMBOLOS
FUENTE: Manual de Estilo - Fundéu
Los símbolos no son lo mismo que las abreviaturas y las siglas. Están establecidos mediante convenios internacionales, nacionales o privados y siguen las convenciones recogidas en estos.
Se representan con símbolos los puntos cardinales, los elementos químicos, las unidades de medida, etc.
Principales características:
Los símbolos nunca llevan punto, excepto cuando los sigue un punto y seguido o un punto final.
No se pueden escribir cambiando las mayúsculas por minúsculas y viceversa, pues podríamos así cambiar el significado del símbolo: así, hay que distinguir entre Mg (megagramo) y mg (miligramo). Además, hay símbolos que comienzan con una minúscula y siguen con una mayúscula: kHz (kilohercio).
Los símbolos no tienen plural; deben permanecer inalterables, sin tener en cuenta la cantidad que los antecede.
Ejemplos de símbolos de uso actual:
• Puntos cardinales. Ejemplos:
N Norte
S Sur
E Este
O Oeste
Estos símbolos, a su vez, pueden combinarse entre sí. Ejemplos:
NE Nordeste
SE Sudeste, Sureste
NO Noroeste
SO Sudoeste, Suroeste
Elementos químicos. Ejemplos:
Ag plata
C carbono
H hidrógeno
Ra radio
O oxígeno
Estos símbolos, a su vez, se pueden combinar entre sí. Ejemplos:
H2O agua
CO2 anhídrido carbónico
• Unidades de medida
— Unidades de medida del Sistema Internacional. Ejemplos:
m metro
kg kilogramo
s segundo
A amperio
K kelvin
mol molécula gramo
rad radián
Hz hercio
N newton
Pa pascal
J julio
W vatio
C culombio
V voltio
F faradio
ohmio
u unidad de masa atómica
— Unidades de medida de uso general incluidas en el Sistema Internacional.
Ejemplos:
min minuto
h hora
d día
l litro
t tonelada
a área
ha hectárea
rpm revoluciones por minuto
— Múltiplos y submúltiplos. Ejemplos:
G giga-
M megak
kiloh
hectoda
decad
decic
centim
mili-
micron
nano-
Las unidades de medida pueden combinarse entre sí. Ejemplos:
mm milímetro
km/s kilómetro por segundo
dm decímetro
kj kilojulio
ns nanosegundo
MHz megahercio
• Símbolos matemáticos. Ejemplos:
menor que
£menor o igual que
mayor que
≥mayor o igual que
OE raíz
* multiplicado por
+ más
– menos
multiplicado por
÷ dividido por
= igual
≠desigual
` infinito
número pi (3,1416 aproximadamente
• Otros símbolos. Ejemplos:
§ párrafo
¶ información complementaria
../.. continúa en la siguiente página
@ arroba (en las direcciones de correo electrónico)
© copyright (derechos de autor)
® marca registrada
& y
# número
% por ciento
‰ por mil
$ peso (moneda oficial de algunos países); dólar (moneda
oficial de los Estados Unidos de América)
e euro (moneda oficial de la Unión Europea)
£ libra esterlina (moneda oficial del Reino Unido)
¥ yen (moneda oficial del Japón)
en Filología, procede de
en Filología, pasa a
* en Filología, forma hipotética o incorrecta
Muchas emociones y demasiadas versiones
Por Graciela Melgarejo | LA NACION
Twitter: @gramelgar | Mail: lineadirecta@lanacion.com.ar |
A veces da la sensación de que los "gastados instrumentos", como decía Kipling, esto es, las palabras, los signos de puntuación, en fin, todos aquellos recursos que nos ofrece nuestro idioma, resultan insuficientes para expresar la intensidad de lo que los hablantes experimentan en el diario vivir.
El profesor Coriolano Fernández escribía, el 5/10, este correo electrónico: "En adnCultura del 28/9, al referirse al Macbeth que se representa en el teatro San Martín, dice el texto que la tragedia de Shakespeare se da «reversionada por [...]». El verbo reversionar no existe; lo que existe o, mejor, existirá en la 23a. ed. del Diccionario de la RAE es versionar : « 1 . tr. Hacer una versión nueva de una obra musical, generalmente ligera». Creo que Macbeth no es musical ni ligera. Y, digo yo, ¿por qué esta manía de hacer versiones de obras que deberían permanecer intocadas?"
Efectivamente, como dice el lector, versiona r figura así definido en el Diccionario en línea, como anticipo de la próxima edición de esta obra de consulta. Con respecto a la idea de reversionar,ocurre que, como las mayúsculas, también los prefijos tienen sus usos específicos. La Nueva Gramática de la lengua española (Espasa Libros, 2010) dedica varios apartados al prefijo re - que, por otra parte, está extensamente definido en el Diccionario : re -. (Del lat. re -). 1 . pref. Significa repetición'. Reconstruir . 2 . pref. Significa movimiento hacia atrás'. Refluir. 3. pref. Denota intensificación'. Recargar. 4 . pref. Indica oposición' o resistencia'. Rechazar. Repugnar. Significa negación' o inversión del significado simple'. Reprobar. Con adjetivos o adverbios, puede reforzarse el valor de intensificación añadiendo a re - las sílabas - te o -quete . Retebueno. Requetebién".
Vale la pena detenerse entonces en las dos últimas acepciones. En la Nueva Gramática , en el parágrafo 10.7.2b (pág. 185), se amplía parte de ellas: "El prefijo re - alterna con requete - y rete - en varias áreas lingüísticas. Expresa intensificación cuando se adjunta a algunos adjetivos y participios adjetivales ( reseco, rebueno, redicho ), así como a buen número de verbos ( rebuscar, refregar, recocer ). En el español juvenil del área rioplatense y, con menor intensidad, de la chilena, este prefijo ha adquirido una extensión léxica inusual en otras áreas. Se forman, en efecto, con él adjetivos como regrande, redivertido o reloco , adverbios como relejos y verbos como regustar("gustar muchísimo').
Podríamos suponer que el reversionar que tanto llamó la atención del profesor Fernández surge del cruce entre el re - de repetición' y el re - de intensificación. No es tan aventurado, si se observa que esta palabra se usa en el ambiente teatral, de ánimo exacerbado por naturaleza. Como la información de adncultura agrega: "reversionada por el dramaturgo y director Javier Daulte", también puede suponerse que se estará ante un Macbeth poco habitual.
En cuanto a hacer de Macbeth un musical, que es la irónica conclusión del lector, no dejaría de responder al llamado "espíritu de época", tan propenso a dar de todo una versión muy distinta de la que nos habían contado.
© LA NACION.
EL ESPAÑOL NUESTRO: EL ARTÍCULO
María Luisa García Moreno
Periódico Granma, Cuba
Noviembre del 2012
En nuestra lengua el artículo puede ser determinado (el, la, lo, los, las) o indeterminado (un, una y sus respectivos plurales). Su función fundamental es especificar si lo designado por el sustantivo constituye o no una información conocida.
La nueva Gramática… emplea el siguiente ejemplo: Hoy he recibido una/la carta. Si se utiliza una, el hablante supone que el oyente no tiene noticia alguna acerca de dicha carta; pero, por el contrario, si se utiliza la, se supone que el oyente sabe de lo que se trata. En la oración La abuela es como una guitarra vieja —utilizada en un ejercicio evaluativo en una secundaria— la palabra una es artículo y no pronombre.
Según los diccionarios especializados, se llama derby o derbi, que de ambas formas puede escribirse, a la «competición hípica importante; especialmente, a la que sirve para la selección de potros» y al «encuentro deportivo, generalmente de futbol, entre equipos rivales de la misma localidad o región». En el beisbol, solo está generalizado en las ligas entre el Chicago Cubs y el Chicago White Sox, y entre el New York Mets y el New York Yankees. De ahí, la preocupación que reitero: ¿por qué aplicar el término foráneo a nuestro deporte nacional, cuando existen en nuestro idioma palabras más apropiadas como competencia, duelo, competición, concurso, certamen o campeonato de jonrones?
Inquietar es un verbo regular, que se conjuga como amar y cuyo participio esinquietado. En la conjugación de los tiempos compuestos se dice: he inquietado, había inquietado... Se usa frecuentemente como verbo pronominal: inquietarse; es decir: te ha inquietado, lo hubo inquietado... Los adjetivos correspondientes son: inquieto, -a (Estoy inquieta), inquietante o inquietador, -a (La proximidad del ciclón resulta inquietante o inquietadora). No se usa el participio en función adjetiva como sí ocurre con muchos otros verbos (Estoy inquietada); mucho menos como sustantivo. Los sustantivos correspondientes a esta familia son: inquietud e inquietación, aunque este último no se emplea en Cuba. Emplear inquietada como sinónimo de inquietudes un disparate.
Multimedia, del inglés multimedia, significa 'que utiliza conjunta y simultáneamente diversos medios, como imagen, sonido y texto, en la trasmisión de una información'; su plural es multimedias: Tengo una multimedia sobre Máximo Gómez. El Ministerio dela Informática ha producido varias multimedias acerca de temas históricos.
Mass media, es voz inglesa y, como tal, se escribe en cursivas. Da nombre al 'conjunto de los medios de comunicación'.
FUNDÉU RECOMIENDA...
Recomendación del día
uso de minúsculas y mayúsculas después de dos puntos
Después de dos puntos se escribe minúscula, salvo en casos excepcionales.
Este signo, que expresa relación entre el texto precedente y el posterior, sirve para introducir enumeraciones, conclusiones, ejemplos o información que concreta lo que acaba de anunciarse, como en «Se confirma la noticia: el Chelsea ficha a Rafa Benítez».
Entre las excepciones a esta norma, más allá de otros usos no habituales en textos periodísticos (después de encabezamientos de cartas o mensajes electrónicos, por ejemplo, en cuyo caso lo apropiado es escribir la siguiente palabra en renglón aparte), cabe destacar que los dos puntos van seguidos de mayúscula cuando introducen una cita o un pensamiento en estilo directo.
Por tanto, en el siguiente ejemplo lo apropiado es escribir mayúscula después de los dos puntos: «Durante una conferencia de prensa, el mandatario afirmó: “No hay país en la tierra que tolere que una lluvia de misiles caiga sobre sus ciudadanos desde fuera de sus fronteras”».
Por otra parte, se recuerda que la Ortografía de la lengua española considera incompatible escribir dos puntos después de como o de preposiciones, así como incluir más de un signo de dos puntos en una misma oración.
De este modo, en «Rafa Benítez ha entrenado en: España, Inglaterra e Italia, donde se ha hecho cargo de equipos como: el Valladolid, el Extremadura, el Valencia, el Liverpool, el Inter de Milán y ahora el Chelsea», lo apropiado habría sido escribir «Rafa Benítez ha entrenado en España, Inglaterra e Italia, donde se ha hecho cargo de equipos como el Valladolid, el Extremadura, el Valencia, el Liverpool, el Inter de Milán y ahora el Chelsea».
terça-feira, 11 de dezembro de 2012
CAMBIO CLIMÁTICO
CAMBIO CLIMÁTICO 2012-12-05
La panda de Doha
Jorge Alcalde
Fuente: Libertad Digital - España
Esta semana, delegados de 195 países de todo el mundo se reúnen en Doha para cerrar la última fase de negociaciones de la XVIII Cumbre sobre el Cambio Climático. Son más de 15.000 almas discutiendo y, sobre todo, viajando, comiendo y bebiendo a costa del erario público en uno de los países que mejor ejemplifican el hipertrofiado gusto por el lujo y el exceso: Qatar.
Sus coches, sus aviones y sus delegaciones habrán contribuido al aumento de las emisiones de CO2 en la ciudad del planeta que másgases de efecto invernadero emite por habitante. Sus dietas servirán para enriquecer un poco a los propietarios de las infraestructuras turísticas de un país donde el agua es más cara que el gasoil. Así que la legión de 15.000 defensores del medioambiente elige una de las capitales del culto al combustible fósil como sede de su próximo fracaso.
Porque esta cumbre, como las 17 anteriores, ya era un fracaso antes de comenzar. Y no lo digo yo, que ya saben ustedes escribo a sueldo de todas las petroleras que en el mundo son, han sido y serán; lo han denunciado las organizaciones ecologistas más conocidas:
Las reuniones nacen fracasadas por la negativa de los países más contaminantes a cumplir sus compromisos.
La realidad está siendo tozuda. Aunque no siempre llegue a oídos de los delegados de la ONU para la cosa del clima. Este año las emisiones globales de dióxido de carbono se van a incrementar en un 2,6 por 100. Llegaremos a un récord mundial de 35,6 millones de toneladas, un 58 por 100 más de lo que se emitía en 1990. Ese es el resultado real de la cascada de cumbres carísimas e inútiles, desde Río hasta Doha.
Las regiones que más contribuyen a este aumento de las emisiones son, por esto orden, China, Estados Unidos y la Unión Europea. Sí, sí, la verde, ecologista e hiperconcienciada vieja Europa parece que hace caso omiso, como no podía ser de otro modo, de los papeles que firma compulsivamente cumbre tras cumbre.
Lo del calentamiento global había sido hábilmente eliminado de la primera línea de la agenda política en los últimos meses. Ya dijimosen este mismo diario que por primera vez en décadas el clima no había sido mencionado en ninguno de los debates de la reciente carrera presidencial norteamericana. Una vez asegurada la Casa Blanca, Obama sí se atrevió a rescatar su argumentario medioambiental. "Tendremos que hacer grandes sacrificios para combatir el cambio climático", dijo. Es evidente que durante la campaña le pareció inadecuado utilizar la palabra sacrificio para estos menesteres.
No lo necesitó, realmente. En su nombre, algunos voceros, como el alcalde de Nueva York, corrieron a aprovechar que la tormenta Sandypasaba por la Costa Este para acusar al calentamiento global de tamaña catástrofe. Da igual que Sandy, una vez ajustados los datos con la inflación y el crecimiento de las comunidades costeras, ocupe el puesto 17 en cuanto a daños causados por un huracán en el siglo XX. Da igual que el número de huracanes en Estados Unidos haya bajado levemente desde 1900. Da igual que Estados Unidos no haya sufrido un huracán de categoría 3 o superior desde Wilma, en 2005, lo que supone el periodo de ausencia más largo de los últimos cien años. Todos esos datos son perfectamente prescindibles cuando se pretender reintroducir en el debate un discurso climático que ha sido deliberadamente hurtado en la campaña.
Ahora el clima recobra protagonismo y nos permite volver a enviar 15.000 funcionarios a Doha a que se pongan de acuerdo para firmar otro papel mojado y, de paso, prorroguen la decisión final hasta 2015, garantizándose así, al menos, un par de fiestas más.
Qué curiosa paradoja, que Doha sea también la capital de otro fracaso del que ya nadie habla: la incapacidad de las naciones el mundo para llegar a un acuerdo sobre el libre comercio. Allí fueron también los delegados estadounidenses, chinos y europeos, que se mostraron inútiles para eliminar los obstáculos al libre mercado en forma de aranceles y subsidios, sobre todo agrícolas. En Doha 2001 fracasó el intentó de modificar un sistema de protección basado en el premio subsidiado a los agricultores ineficientes de un país y el castigo a los emprendedores competitivos del país contrario. Según cálculos de muchos analistas, la eliminación de las barreras comerciales agrarias, tal como se proponía en Doha 2001, podría hacer por el desarrollo económico de los países menos favorecidos miles de veces más que cualquier acuerdo sobre el clima que se firme en Doha 2012.
En cualquier caso, dará igual. Porque ni uno ni otro acuerdo se cumplirá jamás.
MACHADO DE ASSIS
Misa de gallo
Una antología de relatos pocos conocidos del brasileño Machado de Assis, que Eterna Cadencia publica en estos días, permite valorar la zona menos frecuentada de la original producción del autor de Memorias póstumas de Blas Cubas. Aquí, uno de esos cuentos
Por Joaquim Machado de Assis
Nunca logré entender la conversación que tuve con una señora, hace muchos años. Yo tenía diecisiete, ella treinta. Ocurrió la noche de Navidad. Ya que había decidido ir a misa de gallo con un vecino, preferí no dormir; convinimos en que yo iría a despertarlo a medianoche.
La casa en la que me hospedaba era la del escribano Meneses, quien había estado casado, en primeras nupcias, con una de mis primas. Su segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta, me recibieron bien cuando meses atrás llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro para hacer mis estudios preuniversitarios. Vivía tranquilo en aquella casa penumbrosa de la calle del Senado, con mis libros, pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el escribano, la mujer, la suegra y dos esclavas. Costumbres antiguas. A las diez de la noche todos estaban en sus habitaciones; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro y, más de una vez, oyéndole decir a Meneses que iba, le pedí que me llevara con él. Cuando eso ocurría, la suegra hacía una mueca, y las esclavas reían a escondidas; él no me respondía, se vestía, salía y solo regresaba a la mañana siguiente. Más tarde me enteré de que lo del teatro era un simple eufemismo. Meneses mantenía relaciones con una señora, separada del marido, y dormía una vez por semana fuera de casa. Al principio, Concepción había sufrido por la existencia de la amante, pero al fin se resignó, se acostumbró, y terminó por pensar que era razonable.
¡La buena de Concepción! La llamaban "la santa", y hacía justicia al título, tan fácilmente soportaba los desplantes del marido. En verdad era un temperamento moderado, sin extremismos, ni grandes lágrimas ni muchas risas. En el episodio a que me refiero parece una mahometana; aceptaría un harén mientras se guardaran las apariencias. Que Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. Hasta tenía un rostro algo intermedio, ni lindo ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar. Puede ser que hasta no supiera amar.
Aquella noche de Navidad el escribano fue al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo ya debía estar en Mangaratiba, de vacaciones; pero me quedé hasta la Navidad para asistir a "la misa de gallo en la corte". La familia se recogió a la hora de siempre, yo me metí en la habitación del frente, vestido y listo. De allí pasaría al zaguán y saldría sin despertar a nadie. Había tres llaves de la puerta de calle: una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera quedaba en la casa.
-¿Pero, señor Nogueira, qué hará durante todo ese tiempo?- me preguntó la madre de Concepción.
-Leo, doña Inácia.
Tenía una novela, Los tres mosqueteros , en una vieja traducción, creo, del Jornal do Comércio . Me senté ante la mesa que había en el centro de la habitación, y a la luz de una lámpara a queroseno y mientras la casa dormía, monté una vez más el caballo flaco de D'Artagnan y partí en busca de aventuras. Al instante estaba completamente ebrio de Dumas. Los minutos volaban, al contrario de lo que acostumbran cuando son de espera. Casi sin advertirlo dieron las once. Sin embargo, desde el interior de la casa me llegó un suave rumor que me sustrajo de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba del salón de visitas al comedor; alcé la cabeza y vi asomar en la puerta de la sala la silueta de Concepción.
-¿Todavía no te has ido? -preguntó.
-No. Aún no es medianoche.
-¡Qué paciencia!
Concepción entró en la pieza arrastrando sus zapatillas. Vestía una bata blanca, apenas anudada en la cintura. Delgada como era semejaba una aparición romántica que en nada disonaba con mi libro de aventuras. Cerré el libro; ella se sentó en la silla que estaba frente a mí, cerca del sofá. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo algún ruido; ella respondió de inmediato:
-¡No! ¡De ningún modo! Me desperté porque sí.
La miré un rato y dudé de lo que me decía. Sus ojos no parecían los de quien acababa de despertarse, sino los de alguien que aún no había logrado dormirse. Con todo, deseché de inmediato esta observación, que si hubiera estado referida a otra persona podría haber tenido algún valor. No podía sospechar que tal vez no había dormido por mi causa, y que, justamente, mentía para no afligirme o disgustarme. Ya dije que era buena, muy buena.
-Pero pronto debe ser la hora -afirmé.
-¡Qué paciencia la tuya para esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No les temes a las almas del otro mundo? Traté de que no te asustaras al verme.
-Me extrañó cuando oí los pasos; pero enseguida apareció usted.
-¿Qué estabas leyendo? No lo digas; ya lo sé: la novela de los mosqueteros.
-Exactamente. Es muy linda.
-¿Te gustan las novelas?
-Mucho.
-¿Ya leíste A Moreninha ?
-¿Del Dr. Macedo? Lo tengo allá en Mangaratiba.
-A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas leíste?
Nombré algunas. Concepción me oía con la cabeza reclinada en el respaldo, mirándome por entre sus párpados entrecerrados, sin apartar su mirada de mí. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios para humedecerlos. Cuando terminé de hablar no me dijo nada. Nos quedamos así unos segundos. Luego la vi alzar la cabeza, juntar los dedos y posar el mentón sobre ellos, manteniendo los codos en los brazos de la silla, todo sin desviar de mí sus grandes ojos vivaces.
"Tal vez esté aburrida", pensé.
Y luego, en voz alta:
-Doña Concepción, creo que ya se está cumpliendo la hora, y yo...
-No, no, aún es temprano. Acabo de ver el reloj, son las once y media. Hay tiempo. Tú que has pasado la noche en vela, ¿serías capaz de no dormir de día?
-Ya lo hice.
-Yo no. Si pierdo una noche, al día siguiente no puedo mantenerme en pie; aunque sea necesito dormir media hora. Claro que ya me estoy poniendo vieja.
-¿Vieja usted, doña Concepción?
Tan grande fue el calor de mis palabras que la hice sonreír. Era, habitualmente, una mujer de gestos lentos y actitudes tranquilas; ahora, sin embargo, se había incorporado rápidamente para dirigirse al lado opuesto de la habitación. Allí dio algunos pasos, entre la ventana que daba a la calle y la puerta del escritorio del marido. De esta manera, con su honesto desaliño, me impresionaba de un modo singular. Aunque delgada, al moverse lo hacía con no sé qué cadencia, como alguien a quien le cuesta llevar su cuerpo. Nunca esa manera suya me pareció tan distinguida como aquella noche. Por momentos se detenía para examinar algún fragmento de cortina o para reacomodar algún objeto sobre el aparador; finalmente, con la mesa de por medio, se detuvo ante mí. Era estrecho el círculo de sus ideas; volvió al asombro de verme esperar despierto; yo le repetí lo que ya sabía, que nunca había oído misa de gallo en la corte y que no quería perdérmela.
-Es igual que en el interior. Todas las misas se parecen.
-Le creo, pero aquí habrá más lujo y también más gente. Vea la Semana Santa: en la corte es más bonita que en el interior. Ya no digo San Juan o San Antonio...
Poco a poco se había ido inclinando; había apoyado los codos en el mármol de la mesa y colocado el rostro entre las palmas de sus manos. Como no estaban abotonadas, las mangas cayeron naturalmente y pude ver la mitad de sus brazos, muy pálidos, y menos delgados de lo que podía suponerse.
Verlos no era nuevo para mí, pero tampoco algo común. No obstante, en ese momento me produjeron una honda impresión. Las venas eran tan azules que, pese a la poca claridad, desde mi posición podía contarlas. La presencia de Concepción me había subyugado aún más que el libro. Proseguí diciendo lo que pensaba de las fiestas en el interior y en la ciudad, y otras cosas que se me iban ocurriendo. Hablaba cambiando de tema, sin saber por qué, saltando de un asunto a otro, o volviendo al primero, y riendo para hacerla sonreír y verle los dientes que resplandecían en su blancura, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros sino oscuros; la nariz, delgada y larga, apenas curva, le daba al rostro un aire interrogativo. Cuando yo alzaba un poco la voz, ella me reprendía:
-¡Más bajo! Mamá puede despertarse.
Y no abandonaba su postura, que me llenaba de gozo; tan cerca estaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para escucharnos: susurrábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se ponía seria, muy seria, con el ceño un poco fruncido. Finalmente se cansó; cambió de postura y de lugar. Contorneó la mesa y vino a sentarse a mi lado, en el sofá. Me volví y pude ver, furtivamente, la punta de las zapatillas; pero eso duró el breve instante en que tardó en sentarse, la bata era larga y las cubrió de inmediato. Recuerdo que eran negras. Concepción dijo, muy bajo:
-Mamá está lejos, pero tiene un sueño muy liviano. Si la pobre llega a despertarse ahora no podrá volver a dormirse.
-Yo soy igual.
-¿Qué dices? -preguntó inclinando su cuerpo para oír mejor.
Entonces me senté en la silla que estaba al lado del sofá y repetí lo que había dicho. Se rio de la coincidencia; también ella tenía el sueño liviano. Éramos tres sueños livianos.
-En ocasiones soy como mamá, cuando me despierto me cuesta volver a dormir; doy vueltas en la cama sin parar, me levanto, enciendo una vela, camino, vuelvo a acostarme y nada.
-Eso ocurrió hoy.
-No, no -me interrumpió ella.
No entendí la negativa; es posible que tampoco ella la entendiera. Tomó las puntas de su cinturón y golpeó con ellas sus rodillas; es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después relató una historia de sueños y me confesó que solo una vez, cuando era niña, había tenido una pesadilla. Quiso saber si yo las tenía. La conversación se reanudó así, lenta y largamente, sin que yo me preocupara de la hora ni de la misa. Cuando terminaba de relatarle o explicarle algo, ella inventaba otra pregunta u otro asunto, y yo volvía a tomar la palabra. De vez en cuando me reprendía:
-Más bajo, más bajo...
También hubo algunas pausas. Un par de veces me pareció verla dormir; pero los ojos, cerrados por un instante, se abrían enseguida, sin sueño ni fatiga, como si ella los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas ocasiones creo que me sorprendió embebido en su persona, y me acuerdo de que los volvió a cerrar, no sé si con prisa o lentamente. Hay impresiones de esa noche que me parecen truncas o confusas. Me contradigo, me confundo. Una que todavía tengo fresca es que hubo un momento en que ella, que solo era simpática, me pareció hermosa, hermosísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados. Yo, por respeto, quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro y me obligó a permanecer sentado. Me pareció que iba a decirme algo, pero se estremeció como si la recorriera un escalofrío; se volvió de espaldas para sentarse en la silla donde me había encontrado leyendo. Desde allí sus ojos vagaron por el espejo que estaba colocado encima del sofá, y habló de dos pinturas que colgaban de la pared.
-Estos cuadros se están poniendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compre otros.
Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del principal interés de este hombre. Uno representaba a Cleopatra; no recuerdo el tema del otro, pero eran mujeres. Vulgares los dos, si bien en aquel tiempo no me lo parecía.
-Son lindos -dije.
-Sí, pero están manchados. Y además, francamente, yo preferiría dos imágenes de santas. Estas son más apropiadas para el cuarto de un muchacho o el salón de un peluquero.
-¿De un peluquero? Usted no estuvo nunca en una peluquería.
-Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de muchachas y de amoríos, y que el dueño de casa, naturalmente, debe alegrar la vista de la clientela con imágenes atractivas. No me parecen apropiados para una casa de familia. Eso pienso, pero yo pienso muchas cosas raras como esta. Sea como sea, los cuadros no me gustan. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, que es mi madrina, muy bonita; pero es una escultura, no se la puede colgar de la pared ni yo lo quiero. Está en mi oratorio.
La referencia al oratorio me recordó la misa, pensé que podía ser tarde y quise decírselo. Creo que llegué a abrir la boca, pero de inmediato la cerré para oírla contar con dulzura, con gracia, con tal languidez que infundía pereza en mi alma y me hacía olvidar la misa y la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y de muchacha. Luego refirió unas anécdotas de baile, cosas ocurridas durante paseos, recuerdos de Paquetá, todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de las fatigas del trabajo hogareño que le habían dicho que eran muchas, antes de casarse, pero que no eran nada. No me lo contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.
Ahora ya no cambiaba de lugar, como al principio, y casi no había modificado su actitud. No tenía los grandes ojos entrecerrados y miraba distraída las paredes.
-Tenemos que cambiar el empapelado del comedor -dijo al cabo de un rato, como si hablara consigo misma.
Asentí, por decir algo, para salir de esa especie de sueño magnético o lo que fuera que me paralizaba la lengua y los sentidos. Quería y no quería terminar la conversación; me empeñaba en apartar los ojos de ella, y los apartaba por un sentimiento de respeto; pero la posibilidad de que aquello pudiera parecerle un gesto de fastidio -cuando no lo era- me hacía dirigir nuevamente la mirada hacia Concepción. La charla iba muriendo. En la calle, el silencio era total.
Llegamos a permanecer durante algún tiempo -no puedo decir cuánto- absolutamente callados. Solo el rumor único y escaso de un ratón que roía en el escritorio me despertó de esa especie de letargo. Quise hablar del roedor, pero no supe cómo. Concepción parecía estar soñando. De pronto, oí un golpe de nudillos en la ventana, del lado de afuera, y una voz que gritaba: "¡Misa de gallo! ¡Misa de gallo!".
-Ahí está tu compañero -dijo ella incorporándose-. Qué gracioso: quedaste en ir a despertarlo y es él quien viene a despertarte. Ve, que ya debe ser la hora. Adiós.
-¿Ya será la hora? -pregunté.
-Naturalmente.
-¡Misa de gallo! -repitieron afuera, golpeando.
-Ve, ve, no te hagas esperar. La culpa es mía. Adiós, hasta mañana.
Y con el mismo balanceo de su cuerpo, Concepción avanzó por el corredor, pisando suavemente. Salí y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos hacia la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el cura y yo. Quede esto a la cuenta de mis diecisiete años. A la mañana siguiente, durante el almuerzo, hablé de la misa de gallo y de la gente que había ido a la iglesia, sin despertar la curiosidad de Concepción. Durante el día la encontré como siempre: natural, bondadosa, sin nada que hiciera recordar la conversación de la víspera. Para Año Nuevo me fui a Mangaratiba. En marzo, cuando volví a Río de Janeiro, el escribano había muerto de apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero nunca la visité ni la encontré. Oí decir, tiempo después, que se había casado con el escribiente principal de su marido.C
Traducción: Pablo Rocca
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